¿Quién escucha en educación?

Helga Cuéllar-Marchelli*

Don Santiago, mi amigo, el maestro jubilado de siempre, apareció en mi oficina porque quería conversar sobre la situación del sector educación. Este encuentro duró dos horas, que me dejaron pensando. Me contó que las gremiales de maestros se habían sentado con representantes del Gobierno para negociar que los docentes recibieran el incremento salarial decretado para el sector público. “Mire”, me dijo, “lo que pedimos es que se respete el artículo 34 de la Ley de la Carrera Docente. Queremos que se cumpla la ley. Al final aceptaron darnos un aumento del 6% y 10%, pero a partir de julio de este año. Nosotros queremos que sea retroactivo y que se nos otorgue a partir de enero”.

Eso ocurrió hace varios meses y, a la fecha, el asunto de la retroactividad del incremento salarial aún no ha sido resuelto satisfactoriamente. Gracias a la conversación con don Santiago, me quedó claro que, aunque mantienen posiciones un tanto diferentes, Andes 21 de Junio y Bases Magisteriales, apoyados por otras gremiales magisteriales, coinciden en la necesidad de realizar marchas de protesta pacíficas para exigir ser escuchados. Esto es lo que me dejó pensativa. Me pregunto: ¿Quién escucha verdaderamente en educación?

Los líderes de cinco gremiales de maestros, se sientan con el Ministro del Ramo de Educación en una mesa de negociación permanente que existe, desde hace muchos años, para dialogar y llegar a acuerdos sobre puntos de interés común. Andes 21 de Junio y Bases Magisteriales tienen además representación en el Consejo Nacional de Educación, espacio que me imagino aprovechan para expresar sus opiniones sobre la profesión docente, así como para reflexionar y hacer propuestas sobre cómo transformar la educación.

A estos dos espacios para negociaciones o consultas, se suma el que se abrió exclusivamente para tratar el asunto del incremento salarial. Llama la atención que, aparentemente, en ninguno de estos espacios se lograra establecer un diálogo social efectivo que evitará marchas y protestas. Ya hay hasta un par de gremios que además han lanzado amenazas de llevar a cabo una “huelga general e indefinida”.

En cuanto a esta situación, el mismo don Santiago expresó con desencanto: “Esto era lo que hacíamos en la década de los Setenta y los Ochenta; pero las cosas han cambiado. Quizá quienes tenemos que cambiar somos nosotros, somos todos”. Mis pensamientos sobre este asunto son sencillos, aunque podría enredarlos con el acontecer político marcado por la desconfianza y la incertidumbre. Probablemente don Santiago tiene razón. Desde la década de los Noventa, en el sector educación se han hecho esfuerzos para establecer una cultura de participación democrática que llega hasta la escuela.

Obviamente ésta no es perfecta; pero, en mi opinión, podría ofrecer un mejor ejemplo. Lo deseable es contar con señales más claras de despolitización de los asuntos de la educación y mayor concentración en buscar soluciones a sus principales problemas, haciendo a un lado intereses partidarios –si existieran algunos–, ideologías y/o prejuicios.

Educación es un sector complejo donde, por su propia naturaleza, podría ser mucho más fácil que en otros sectores crear ambientes de cooperación y participación. La clave está en saber escuchar, valorar y aprovechar los espacios para el diálogo social, y enfocarse en lo verdaderamente importante.

Difícilmente podría definirse una política educativa de largo plazo si no existe un mayor énfasis en solucionar problemas, disponibilidad para la concertación y madurez política suficiente para negociar, cumplir la ley y respetar los acuerdos. Don Santiago opina que en el sector educación el reto es “practicar la paciencia y la prudencia, sin quedarse callado”; pero, a lo mejor, eso mismo requiere todo el país.

*Columnista de El Diario de Hoy. Twitter:@hmarchelli

La educación necesita concertación

Carlos H. Rivas

pastor@carlosrivas.com

Hasta hace poco, el sistema educativo salvadoreño se ha cimentado sobre criterios socio-culturales que la realidad nacional y mundial ha dejado atrás; y desde la reforma propiciada en la década de los setenta por Walter Béneke, entre retrocesos y maquillajes, el Estado no ha hecho más que insignificantes intentos de “actualización” que, al final, han derivado en el fortalecimiento de una educación tradicional, aún bancaria y de poca participación de los sujetos que deberían actuar e incidir en los procesos educativos.

Esto ha traído como resultado –evidente en la deficiente formación académica que muestran nuestros niños y jóvenes educandos tanto como los profesionales– un claro divorcio entre la educación y la realidad, las necesidades actuales de la sociedad y la preparación de nuestros ciudadanos para enfrentarlas. Sin mencionar los graves problemas que, como el fenómeno de las pandillas y la desbordante violencia que nos acosa hasta el delirio, tienen también su base en nuestro pobre y desfasado sistema educativo.

Y digo, hasta hace poco, porque, tal como me consta en mi calidad de miembro del Consejo Nacional de Educación, el presente ministerio del ramo está haciendo esfuerzos por promover una verdadera reforma del sistema educativo que va más allá de las medidas, criticadas por unos y aprobadas por otros, de los planes tendiente a proveer de uniformes, alimentación y útiles escolares a los estudiantes.

Me refiero específicamente al Programa Social Educativo “Vamos a la Escuela”, que las autoridades encargadas de la educación se encuentran empeñadas en impulsar, y que es innegablemente el planteamiento de un proceso de trasformación de la educación salvadoreña realmente novedoso y sobre todo de verdadera modernización que puede poner a El Salvador en una muy positiva posición ante los retos del mundo globalizado y sacarlo del subdesarrollo educativo y cultural, que al igual que en lo económico, sigue estando.

Sin embargo, este esfuerzo por transformar el sistema educativo, acaso por la polarización política de la que es campo de batalla nuestro país, no ha querido ser tomado en serio por los diversos sectores que conforman la sociedad. Peor aún, ha sido indiferente para muchos y satanizado por otros, que, sin conocerlo debidamente ni analizarlo a conciencia, ven en él una simplista adopción de métodos educativos foráneos, desconociendo el valor de las experiencias positivas de otros países, cualquiera que sean, en el campo educativo.

Ciertamente, no pretendo defender ciegamente bondades ni soslayar deficiencias que el programa del Ministerio de Educación puede tener; pero, por lo mismo, es imperativo que la sociedad salvadoreña en su conjunto asuma con responsabilidad su papel en el diseño y puesta en marcha de la transformación educativa que nuestro país necesita con urgencia.

Los diferentes sectores sociales están ante la posibilidad de enrumbar el sistema educativo en un dirección acorde con los tiempos que corren, y para ello es imperativo lograr la concertación alrededor del tema, en la cual el gobierno sea solo una de las partes comprometidas, que trabaje junto a la ciudadanía en general, los sectores empresariales, políticos, gremiales, académicos, profesionales, etcétera, y donde los profesores, obviamente, continúen siendo (o asuman que deben ser) el pivote fundamental de la trasformación educativa y cultural.

La concertación de la sociedad en torno a la educación es la que puede garantizar frutos a largo plazo y consensuar una opción en la cual, más allá de los intereses sistémicos, la educación sea un fin en sí misma, y no un instrumento de un particular sistema económico y social. Si la educación debe ser para todos, una verdad que nadie en su sano juicio niega, es claro que también debe ser el resultado de un esfuerzo de todos.

Las reformas a la Ley de la Carrera Docente

Helga Cuéllar- Marchelli*

Este año reiniciaron las discusiones en torno a la necesidad de reformar la Ley de la Carrera Docente. En el contexto de una conversación telefónica muy amena, este asunto acaparó la atención de don Santiago, cuando le llamé para felicitarlo en ocasión del “Día del Maestro”, el pasado 22 de junio.

La Ley de la Carrera Docente es un instrumento jurídico que surgió durante la reforma educativa de los años Noventa. El nacimiento de esta ley sirvió para regular el ingreso y el ejercicio de la profesión docente, establecer un nuevo escalafón magisterial y ordenar la oferta de formación de docente. Sobre esto último, cabe mencionar que el número de instituciones formadoras se redujo de 32 en 1998 a ocho, una institución pública y siete privadas. Sin embargo, esta ley se ha quedado corta en la búsqueda de elevar la calidad de la educación y el prestigio de la carrera docente. Por eso, desde hace varios años, surgió la idea de avanzar en esta dirección.

Mi amigo, don Santiago, me contó que en la gremial había opiniones diversas en relación con el anteproyecto de ley que está evaluando la Comisión de Cultura y Educación de la Asamblea Legislativa. Algunos maestros creen que la dignificación del magisterio se refiere únicamente a aumentar salarios. Otros piensan que es importante que la ley busque fortalecer el sistema de formación docente y garantice que sólo los mejores maestros ejerzan, elevándose así el prestigio de esta profesión.

En mi opinión, la dignificación del magisterio por la vía de salarios es legítima, pero ésta cobra mayor fuerza y mérito cuando corresponde a la vocación, al grado de esfuerzo y al desempeño en el trabajo. Es importante que las reformas al marco legal que rige la profesión docente busquen la continuidad de los esfuerzos por mejorar la docencia, y, por ende, la educación.

Es acertado que, en el anteproyecto de ley, se establezca la creación de una institución del nivel superior especializada en la formación docente, que sea autónoma y financiada con fondos públicos. Lo ideal sería que ésta vele por la excelencia de todo el sistema de desarrollo profesional docente, y, que, además, lejos de competir con las universidades y escuelas especializadas en formación docente del sector privado, esta institución busque trabajar en coordinación con éstas aprovechando su capacidad y potencial. Esto requiere poner atención en el marco de aplicación de la ley en cuestión, así como su articulación con la Ley de Educación Superior y otras leyes que rigen al sector educativo privado.

También es positivo que como requisito de graduación, a los estudiantes de profesorado se les exija realizar una pasantía de un año. No obstante, comparto con otros la idea de establecer adicionalmente un programa de inducción profesional, donde los recién graduados entren al sistema escolar como aprendices. Esto permitiría identificar tempranamente a los maestros que en verdaderamente tienen la aptitud, el conocimiento y el temperamento para ser maestros efectivos. El anteproyecto de ley contempla, además, la evaluación de docentes en servicio. Pero, este mecanismo sólo será efectivo en la medida que logre promover el aprendizaje y la auto reflexión permanente de los maestros sobre su propia práctica, y, a su vez, exija la salida de quienes obtengan los puntajes de evaluación más bajos.

La misión de los docentes es crear ambientes propicios para que los estudiantes aprendan y sean capaces de descubrir, innovar y convertirse en personas de bien. Su labor es de mucha responsabilidad con los estudiantes, sus familias y la sociedad. En las reformas a la Ley de la Carrera Docente, si algo debe protegerse es la integridad y neutralidad de esta profesión.

*Columnista de El Diario de Hoy.

La violencia abate al sistema educativo nacional

Escrito por Editorial LPG

Hay angustia y urgencia por ver resultados inmediatos del quehacer institucional; pero esto no se consigue con simples medidas inmediatistas.

Cuando la violencia se instala en una sociedad como expresión de trastornos sociales profundos, el fenómeno destructivo se va infiltrando progresivamente en todo el cuerpo social, sin respetar límites de ninguna índole. Es el caso de El Salvador de nuestros días. Y, desde luego, esto ha llegado a afectar significativamente al sistema educativo, en cifras que son de veras preocupantes. A la mitad de este año se habían producido 50 muertes violentas de estudiantes, y hasta ayer ya son 54; y en esos mismos seis meses, 133 escolares han sido localizados por la autoridad por actividades ilícitas o indebidas. Aparte del dato numérico, que en sí es revelador, lo que queda demostrado es que hay un alarmante deterioro de las conductas en edades muy tempranas y un crecimiento verdaderamente grave de los peligros a los que está expuesta la niñez y la juventud.

Es claro que la mayor incidencia resulta del accionar de las pandillas o maras, que viene generalizándose de manera hasta hoy incontrolable. No solamente dominan territorios sino que se cuelan con total impunidad en las áreas institucionales, muy en especial en aquellas dedicadas a la educación, que es un terreno propicio para la penetración, la intimidación y el reclutamiento. El sistema no cuenta con los mecanismos ni con los recursos idóneos, suficientes y efectivos para detener este avance tan desquiciador en todo sentido.

El problema muestra a la vez aspectos coyunturales y componentes estructurales, como ocurre siempre que se trata de realidades que tienen que ver con las condiciones fundamentales de vida de los seres humanos. En este caso, lo inmediato es estructurar un esquema de protección escolar lo más eficiente posible, en el que la acción de la Seguridad Pública es vital; en cuanto a lo de más largo plazo, lo que se requiere, como hemos señalado reiteradamente, es hacer un trabajo de prevención de los comportamientos antisociales y criminales que se dirija, en lo básico, a generar en niños y jóvenes verdaderas oportunidades y opciones de futuro.

En el fondo lo que tendría que haber es una proyección a la vez sociológica, moral y educativa; lo cual implica eso que podríamos llamar la territorialización de las oportunidades: llevar posibilidades reales de educación a todos los rincones del país y a todos los habitantes del mismo, conforme a las aptitudes y aspiraciones de los seres humanos concretos, no en forma de pequeños cursos ocasionales, sino bajo el concepto de que cada quien debe poder llegar a ser –con el concurso real de la sociedad– lo que puede y quiere ser.

Desactivar la dinámica perversa de la violencia no se logra sólo con medidas de orden legal, policial o judicial: hay que incidir decisivamente en las realidades sociales tal como afectan a los seres humanos de carne y hueso. Hay angustia y urgencia por ver resultados inmediatos del quehacer institucional; pero esto no se consigue con simples medidas inmediatistas. Lo urgente demanda también visiones de largo alcance, que hay que sostener, consolidar y perfeccionar en el tiempo. Ahí está la clave de las auténticas soluciones.

Hay que liberar a los niños y a los jóvenes de las trampas envolventes de la violencia, sean víctimas o victimarios. El trabajo por hacer es enorme, y requiere planificación, constancia y acompañamiento de todos los sectores y actores nacionales. De la suerte que corra este esfuerzo depende, en gran medida, el futuro nacional.

¡Feliz Día del Maestro!

Juan Valiente*
Martes, 21 de Junio de 2011

Este día debemos felicitar a todos los maestros, especialmente a aquellos que han hecho la diferencia en nuestras vidas. Ser maestro es destino, pero también camino. Ser maestro es reto, pero también encuentro. Es una tarea loable que consume mucha energía de los que deciden realmente involucrarse, pero que también produce muchas satisfacciones y frutos. Los verdaderos maestros saben que la calidad de la convivencia en la sociedad también depende de ellos.

En estos años difíciles, el llevar a la práctica la vocación de ser maestro resulta un reto gigantesco. Las escuelas públicas e institutos nacionales en general no cuentan con la infraestructura mínima necesaria para atender adecuadamente a sus alumnos y muchas de estas instituciones viven asediadas por los delincuentes. Ya ni en el santo recinto de la escuela están los jóvenes a salvo y, es más, ni los maestros.

Hace unos meses lamentaba en estas mismas páginas el asesinato de Víctor Ezequiel Flores, a las puertas del Complejo Educativo “Concha vda. de Escalón”. Este fin de semana otro joven estudiante fue encontrado asesinado. Esta vez pertenecía a la comunidad estudiantil del INFRAMEN. Con apenas 18 años Erick Jonathan Hernández encontró la muerte en Cuscatancingo, aparentemente a manos de pandilleros de la mara Salvatrucha.

Ha sido uno más de los miles que mueren en El Salvador por año. Fue uno de los once o doce que familias salvadoreñas deben velar diariamente. ¿Pero quién era Erick Jonathan? ¿Cuáles eran sus sueños? Apenas hemos logrado conocer su rostro por la foto que su apesarada madre llevaba en los dos días de búsqueda. Nuevamente la policía insinúa que la causa de su muerte, como la de tantos, se debe a rivalidades entre pandillas, como si eso la justificara. Todos tenemos derecho a que se nos defienda y se nos proteja. La policía, junto al sistema educativo y judicial, debería estar concentrada en que acabe la epidemia.

El país parece celebrar a sus maestros con muertes y más muertes. ¿Hasta cuándo tendremos estómago para seguir soportando esta barbarie? Nuestros estudiantes son asesinados continuamente. Y digo nuestros, porque ellos son de todo el país. De cómo los eduquemos y de cómo los protejamos dependerá en buena medida nuestro futuro como nación y también nuestro presente. Ya muchos de estos jóvenes ni asisten a la escuela por temor.

Un sondeo reciente de La Prensa Gráfica revela que de media docena de institutos nacionales más de 350 estudiantes se han retirado en estos cinco meses del sistema educativo nacional. Aunque el MINED insista en haber disminuido la deserción como sistema y atribuya el dato encontrado a migración, lo constatable dice otra cosa. Luego del asesinato de Ezequiel en la colonia Escalón, casi un centenar de estudiantes dejaron de asistir al complejo educativo, pero no todos lograron encontrar una nueva escuela que los quisiera recibir. Algunos padres de familia incluso decidieron que no valía la pena arriesgar la vida de sus hijos. No es posible que estemos obligando a nuestra población a que decida entre la vida o la educación, porque sin educación tampoco hay vida.

Nada más propicio que aprovechar este día para invitar a los maestros a que se unan a demandar mejores y más creativos esquemas de seguridad, que se unan a demandar de las autoridades los recursos necesarios para contar con ambientes de aprendizaje y recreación adecuados, que se unan para aprovechar inteligentemente la ventana de inicio de la adolescencia de los estudiantes de forma que podamos colaborar a reconstruir su esperanza y su entusiasmo por la vida.

¡Felicidades, queridos maestros! Muchos recordamos con cariño a aquellos que nos dieron todo lo que tenían, no sólo de conocimiento y sabiduría, sino que de cariño y acompañamiento. ¡Felicidades, queridos maestros! No son justas las condiciones en que ahora deben trabajar, como tampoco la pérdida de prestigio social de su profesión. ¡Ojalá estas palabras sirvan para rescatar lo sagrado de su misión!

*Columnista de El Diario de Hoy.