Estímulo, apoyo y exigencia a los maestros

Joaquin Samayoa

jsamayoa@fepade.org.sv

A los maestros del sector público les llega este año su día con un motivo para celebrar. Como resultado de meses de negociación entre el ministro de Educación y las principales organizaciones del gremio magisterial, el gobierno está avalando una propuesta de incrementos salariales que será muy probablemente aprobada mañana en la plenaria legislativa.

Siempre me he manifestado en favor de mejores salarios para los maestros por varias razones. En primer lugar, porque el magisterio es una de las profesiones más importantes en toda sociedad. En segundo lugar, porque es la única manera de atraer y retener en dicha profesión a los jóvenes más talentosos que se gradúan del nivel de educación media. En tercer lugar, porque la educación es una empresa social muy compleja y absorbente, que solo puede ser realizada exitosamente por profesionales con altos niveles de motivación, los cuales difícilmente se pueden alcanzar y mantener sin una adecuada remuneración.

El nivel de ingresos es un indicador de prestigio social que tiene un impacto sensible en la autoestima de los maestros y en el reconocimiento que les otorgan sus estudiantes. Pero además es determinante de las posibilidades reales que tienen los maestros para obtener por sus propios medios la constante actualización de conocimientos y competencias que otros profesionales logran mediante participación en congresos, subscripción a publicaciones y acceso ilimitado a las posibilidades de auto-aprendizaje que ofrecen las tecnologías más avanzadas de información y telecomunicaciones.

No conozco un solo estudio que demuestre que los incrementos salariales a los maestros tienen un impacto en la calidad de la educación. Pero eso no es suficiente para afirmar que son un factor irrelevante. Mientras se mantengan muy bajos los salarios docentes en comparación con los de otras profesiones, los incrementos salariales, casi siempre mínimos, no hacen diferencia alguna, porque son insuficientes para lograr la holgura que necesitarían los maestros para asumir responsabilidad por su propia superación. Pero además, como todo en la vida, las cosas rara vez dependen de un solo factor.

Para lograr impacto en la calidad educativa, la remuneración básica debiera alcanzar un cierto nivel, más allá del cual podría pensarse en bonos por méritos en el desempeño. Si además se libera el mercado de trabajo, de forma que los maestros más competentes tengan las mejores oportunidades en lo concerniente a remuneración y condiciones laborales, el sistema educativo empezaría a tener los dinamismos tendientes a la excelencia que observamos en otras profesiones.

Estamos todavía lejos de imaginar semejante sistema en nuestro país; lejos de emular a Finlandia, donde la carrera magisterial se cuenta entre las preferidas por los jóvenes que inician su educación superior, y la demanda es tal que dichas instituciones se dan el lujo de admitir solo a los mejores, cerrando así un círculo virtuoso que garantiza excelencia en la profesión magisterial. Por algo Finlandia ocupa siempre los primeros lugares en las pruebas internacionales de ciencias, matemáticas y lenguaje.

Pero el paso de un círculo vicioso a uno virtuoso no depende únicamente del salario de los maestros. La remuneración ayuda a que un joven que bien podría estudiar ingeniería o medicina considere el magisterio como una buena opción. Pero eso es solo el punto de partida. Luego tiene que haber una formación de alto nivel en las universidades, un sistema de asignación competitiva de las plazas docentes, un liderazgo y organización escolar que apoyen verdaderamente a los maestros y una exigencia constante de óptimo desempeño.

Educar en el mundo en que vivimos y para el mundo en el que han de vivir nuestros niños y adolescentes dentro de diez o veinte años es un desafío sumamente complejo. Para bien y para mal, la escuela ya no está aislada, como lo estaba antes, del mundo circundante. La formación del carácter es un imperativo en un mundo impredecible en el que abundan los más graves y diversos peligros. La formación del intelecto pasa por el desarrollo de competencias para buscar, juzgar críticamente y utilizar creativamente la inmensa cantidad de conocimientos que constantemente se genera desde diversos ámbitos formales e informales.

Tener buenos maestros es hoy más importante que nunca. Ojalá nuestro gobierno empiece a asumir con mejor visión sus prioridades educativas.

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