La tecnología avanza pero lejos va la enseñanza

Editorial El Diario de Hoy

“Para las 3,000 plazas que estuvieron disponibles en la feria de trabajo organizada hace casi un año por la Cámara Americana de Comercio de El Salvador (Amcham), sólo unas 800 personas lograron colocarse porque cumplieron con el perfil requerido por las compañías…”, dice un comunicado de la American Chamber of Commerce, AMCHAM, al reflexionar sobre el déficit educacional que se sufre y que se puede resumir así:

El sistema de enseñanza no siempre prepara a sus estudiantes para enfrentar los desafíos del mundo de trabajo, del trabajo real. A esto se suma que solicitar un empleo, escribir un curriculum y además pasar bien una entrevista, son habilidades que se aprenden pero que por lo general no se enseñan ni se advierte a los jóvenes que deben capacitarse para superar esas pruebas.

La raíz del problema, en una sustancial parte, se deriva del divorcio, o inclusive animosidad, de ciertas universidades de cara a los sectores productivos, a los que inclusive llega a ver como “enemigos del pueblo, contrarios a los intereses de las mayorías”.

El resultado es que en muchas aulas se reciclan ideas muertas, se enseñan tecnologías desfasadas y se inculcan comportamientos opuestos a lo que exige la vida contemporánea.

Los productores demandan conocimientos básicos, alguna experiencia y, casi siempre, la habilidad de seguir instrucciones, de poder aplicar a una tarea precisas técnicas y procedimientos. Casi siempre, además, se entrena en aquello que se hace, se adaptan conocimientos a las exigencias y en ocasiones se asignan temas para el estudio privado, fuera del empleo.

Como ejemplo, un egresado de administración puede llegar a una empresa sin poder usar excel o sus equivalentes, lo que lleva a que lo entrenen, le exijan que asista a una academia o que lo estudie por su cuenta. El joven queda enriquecido pues aprende algo nuevo y además practica cómo aplicar ese conocimiento.

O se actualizan o quedan rezagados

Pero hay un ingrediente mucho mas pesante en esto: que el saber no es estático, las tecnologías cambian de manera vertiginosa y lo que tenía validez hace cinco años es hoy cosa del pasado. Steve Jobs, el creador de Apple, dijo hace poco que nadie imagina lo que habrá dentro de cinco años, inclusive en algo de uso tan corriente como los teléfonos o los mandos de aparatos electrónicos. Ya se habla de colocar chips en los celulares para sustituir a las tarjetas de crédito.

Cuando se le preguntó a un experto en telefonía sobre el valor de la vieja ANTEL, su respuesta fue que era “un montón de chatarra bajo el suelo”. A lo largo de las carreteras que bordean Pontiac en Michigan, hay galpones oxidados con otro montón de chatarra también oxidada; los “eternos medios de producción” de la teoría marxista, se oxidan con rapidez, como oxidadas están las instalaciones del viejo IRA en las cercanías de San Martín. Oxidados los silos pero muchísimo más oxidadas las ideas que lo mantuvieron en operación hasta que la muerte se apiadó del ente.

Los productores están forzados, en particular por la competencia, a renovar su tecnología, sus conocimientos, sus equipos. Ellos pueden tener la última tecnología y el último conocimiento, pero por un fugaz instante. Van por delante del resto unos pasos; el que se atiene o deja de actualizarse, corre el riesgo de desaparecer; por eso son buenos maestros.

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