Be the future

Ana María Carreras Soriano

Buenas Notas.

Constantemente oímos hablar de la crisis y hace unos meses yo misma reclamaba que todos los expertos  hablan de cómo nos hemos metido en la crisis, pero nadie habla de cómo salir de ella. Miramos las noticias y todo a nuestro alrededor grita los problemas en los que estamos metidos, la violencia, las tragedias del clima y la vulnerabilidad, la inconsistencia de las instituciones, nuestras dificultades para seguir el ritmo del desarrollo… la lista se hace interminable. Y una vez más nadie nos dice cómo mejoraremos.

Sin embargo, todos podemos mencionar personas, casos ejemplares, que en medio de lo que parece no tener mucha solución, están demostrando lo contrario. Personas que hacen que el panorama sea diferente y que pueda ser alentador.

Eduard Punset, reconocido divulgador de la ciencia actual, insiste en que los jóvenes son los que tienen que liderar la salida de la crisis, que no vamos a ser las generaciones mayores los que veamos el futuro, porque el mundo se está concibiendo nuevamente desde los jóvenes.

Desde el Colegio García Flamenco compartimos esta visión desde dos evidencias, la  primera es que las ideas se están moviendo más deprisa que las sociedades, la segunda es que quien hace la diferencia son las personas, sus sistemas de valores, su integridad personal, su liderazgo puesto al servicio.

Así que nos decidimos a poner en acción nuestra nueva misión y visión, concretándolas en nuevos proyectos, proponiendo abrir caminos para que los jóvenes que pasan por estas aulas, por este espacio educativo, hagan la diferencia en el mundo actual.

Empezaremos cualificando las condiciones del aprendizaje, atendiendo a todos los alumnos en una sola jornada matutina, para sacar el mejor provecho de las horas que tenemos a sus hijos bajo nuestra influencia. Continuaremos ampliando la cantidad de clases integradas y lanzándonos a la estrategia 1 a 1 con los estudiantes de bachillerato. Mantendremos la formación en el liderazgo como una constante en nuestro sistema educativo.

Liderazgo, vanguardia, innovación, valores, competencia, conectividad, amplitud para el mundo y conciencia de las raíces,… Sabemos que formar personas es el mejor aporte que podemos hacer al crecimiento del país y del mundo entero.

Los invitamos a que se sumen con nosotros, a que recorramos juntos un camino en que podamos liderar la salida de las crisis que traigan los tiempos, como colegio, como familias, desde nuestros jóvenes, insistiendo en hacer las cosas mejor, en no quedarnos atrás, en inventar el más allá, en ser el futuro.

La educación tiene en su base un vínculo personal

David Escobar Galindo

degalindo@laprensa.com.sv

El sistema de educación nacional no responde a las necesidades de un país como el nuestro, en proceso de democratización y modernización. El Salvador, como sociedad y como institucionalidad, nunca hizo una apuesta histórica por la educación, y ese vacío se ha venido convirtiendo con el tiempo en un verdadero abismo. Mientras fuimos un conglomerado que se movía al perezoso ritmo de la marginalidad, como les pasaba a todos los países con las condiciones del nuestro en el pasado aún reciente, la educación tradicional pareció suficiente; pero en las circunstancias actuales, cuando las aperturas globalizadoras nos hacen visibles y actuantes a todos en el mapa global, son inocultables los calamitosos resultados de una educación que no sólo está fuera de tiempo sino, sobre todo, fuera de sentido en relación con la realidad.

Tenemos que partir de un postulado básico e insoslayable: la educación es formativa o no es nada. La educación, en el verdadero sentido del término, está llamada a formar el intelecto, la voluntad y el carácter. Esa es la trilogía virtuosa que sostiene el éxito en la tarea suprema, que es la tarea de vivir. Si algo ha sido factor distorsionador de la función educativa en su concepto esencial es el reduccionismo que viene sufriendo dicha función por el predominio de lo técnico sobre lo humano. En nuestro país es lo que empezó a manifestarse de manera dominante desde la Reforma Educativa de 1968. Personalmente, recuerdo al gestor principal de dicha reforma, el doctor Stiglitz, un científico de primer orden y un ser humano de gran sensibilidad, a quien una vez le oí decir: “Si la reforma no se asume como un proyecto humanizador, no va a prosperar”.

Y es que el éxito real de la educación no depende de los fríos números de la cobertura ni de las estadísticas periódicas del rendimiento, sino de la suma de los aprovechamientos personales que se manifiestan en la escena del día a día, sea esta adversa o favorable. Es decir, la educación ha funcionado bien cuando los individuos que han pasado por el sistema acumulan en su haber las suficientes capacidades para ubicarse productivamente conforme al nivel en que se han formado. Esto sólo se logra si el educando conserva constructivamente lo que ha aprendido; y tal conservación sólo es segura cuando el educando estableció con el educador una relación de persona a persona. En otras palabras, la educación es un ejercicio personal, o no es nada. Así de simple y así de complejo. No es de extrañar entonces que la educación despersonalizada sea un fracaso.

Para hacer realidad esa “relación de persona a persona”, que constituye el núcleo virtuoso de la verdadera educación, es crucial el rol del maestro. En nuestro ambiente, dicho rol se ha venido desdibujando de manera progresiva en el curso del último medio siglo, en paralelo con la desvalorización social también progresiva de la profesión docente. En otros tiempos, ser maestro o maestra era un verdadero certificado de honor, y así era asumido por los que se dedicaban a la misión formadora. Pero luego, los cambios en el mapa sociológico del país no tomaron en cuenta la necesaria modernización del rol del magisterio, y la profesión fue perdiendo atractivo como espacio de autosuperación. El Estado, que debería haber asumido la responsabilidad de dicha modernización, se desentendió, con las consecuencias depredadoras que hoy se padecen.

El desafío principal no está, pues, en el currículo ni en la función administrativa, sino en dos factores mucho más de fondo: la recuperación integral de la profesión docente y el aseguramiento de la permanencia de niños y jóvenes en el sistema. Ambos factores tienen una base social insoslayable. Al maestro hay que elevarle su estatus en todos los sentidos y a los estudiantes hay que rodearlos de las condiciones básicas para que ellos y sus familias se sientan verdaderamente motivados a hacer de la educación una apuesta fundamental de vida. La tarea en ambos sentidos es de proporciones extraordinarias, pero, de no emprenderla en la magnitud que se requiere, los efectos involutivos serán cada vez menos controlables. Y nos referimos a efectos en la paz social, en la estabilidad estructural y en el desarrollo nacional. Hay que poner de nuevo al maestro en el centro de la función educativa, no sólo como transmisor de conocimientos sino sobre todo como gestor de conductas. Si esto no ocurre, se continuarán desperdiciando infinidad de recursos en un esfuerzo sin perspectivas, que es fuente de frustración en vez de ser surtidor de evolución. Hay que hacer que la profesión docente esté rodeada de todos los estímulos necesarios para que se ubique de nuevo en el pedestal que le corresponde, para que pueda desempeñarse a plenitud en la cotidianidad polvorienta y abrupta.

Los maestros de la sospecha (y las sospechas de los maestros…)

Óscar Picardo Joao

opicardo@iseade.edu.sv

Paul Ricoeur en 1970 catalogó a Freud, Nietzsche y Marx como los “Maestros de la Sospecha”. El criterio que utilizó Ricoeur para unificar a estos pensadores fue el tratamiento que recibió la conciencia en sus obras como punto de partida: El materialismo económico –Marx–, la voluntad de poder y el superhombre –Nietzsche– o el inconsciente dinámico, expresado en el deseo sexual, la frustración y la agresividad –Freud–. En Marx la conciencia del individuo se falsea por intereses económicos (y propone la desideologización), en Freud por represiones de su inconsciente (y establece una terapia) y en Nietzsche por el resentimiento de la debilidad (y propone una restauración del nuevo hombre).

También los tres pensadores coinciden en el ateísmo, dada su convicción en la idea de que Dios es un pretexto interesado para engañar a la gente, y alejarla de la razón y del principio de realidad (opio, neurosis o insatisfacción).

Más allá de que estemos o no de acuerdo con estas ideas, uno se pregunta: ¿Cuál es la concepción de conciencia –o antropológica– en los sistemas educativos o filosofías educativas contemporáneas?; y tengo la “sospecha” que ni siquiera existe una conciencia vaga sobre la visión de ciudadano que pretendemos formar desde el aparato curricular.

Cuando uno llega a las escuelas, la mayoría de maestros no conoce ni posee el documento llamado “Currículum Nacional”. Es más, algunos no logran diferenciar a este de los programas de estudio de grado, y sus herramientas más cercanas son el libro de texto, las planificaciones o jornalizaciones y los PEI; y uno se pregunta a modo de sospecha: ¿a quién estamos formando?, ¿con qué criterios axiológicos y antropológicos estamos educando? y ¿quiénes y con qué criterios están enseñando?

Lo más profundo que he oído al explorar en este tema es el discurso simplista: educados a un ser “bio-psico-social”, el cual debe hacer eco de las dimensiones del ser humano y los fundamentos curriculares (filosófico, sociológico, biológico, psicológico, histórico, antropológico, etc.) también desconocidos en la escuela.

Más allá de las disciplinas básicas que surcan el sistema educativo –Matemáticas, Ciencias, Sociales y Lenguaje– no debemos olvidar, que ante todo, formamos a la persona, y como diría Paulo Freire esta responsabilidad es un arte delicado que tiene que ver con los sueños, miedos y expectativas de la persona.

Es posible que este deterioro ético que vivimos, expresado en la violencia, además de la pobreza, la exclusión y la migración, tenga a la base una desfiguración de la concepción humana y una desvaloración de la vida misma arraigada en una educación limitada; efectivamente, si no sabemos bien quiénes somos, y si tenemos una concepción del devenir futuro sin sentido, poco realista y pautada por religiones malentendidas (providencialista o predestinación) la vida valdrá muy poco o tendrá una solución en el más allá… mientras el más acá es un caos…

El pragmatismo consumista de hoy –por comisión u omisión– establece como principio y fundamento del ser humano el poder adquisitivo; la vida de la gente se centra en pagar, comprar, en las tarjetas de crédito (“la gente sabe el precio de todo y el valor de nada”, O. Wilde); y la crisis financiera y recesiones globales tienen la misma lógica: gastar más de lo que producimos y dar dinero al que no tiene con qué pagar.

Al final, el patrón de felicidad, de paz y de democracia de las naciones gira en torno a la macro-economía; incluso, las mismas reformas educativas han tenido un fuerte talante economicista: centradas en créditos ineficientes, y en elevar la cantidad del gasto sin importar la calidad.

Carta a los estudiantes

Paolo Lüers

El día que empezó el diluvio actual fui a Santa Ana a dar una charla en la Universidad Católica. Tema: Libertad política. Me encanta hablar a ustedes, la generación posguerra que ya no está enraizada en los vicios y dogmas del enfrentamiento entre capitalismo y socialismo. Me fascina su capacidad crítica, su escepticismo, su resistencia a las ideologías. Al fin una generación que no se deja engañar.

Les dicen que son una generación ‘light’, ‘consumista’ e ‘indiferente’, sólo porque ya no son presa tan fácil para los vendedores de sueños y porque no se dejan arrastrar a movimientos anti-esto y anti-lo otro.

No se dejen confundir. Sigan escépticos. Esta generación, si se moviliza, ya no es para botar el sistema, sino para exigir que las instituciones funcionen y la Constitución se cumpla. ¡Que privilegio pertenecer a una generación que, en vez de buscar utopías, exige el imperio de la ley, la vigencia de la Constitución, el perfeccionamiento del sistema!

Les hago una propuesta concreta: Organicen foros en todas las universidades. Exijan que los que pretenden ser diputados, se expongan a sus preguntas, sus críticas y sus exigencias. Olvídense de las banderas: sometan a cada candidato al examen de un debate abierto y concreto.

Expresen con claridad que su generación ya no va a votar ni por banderas, ni por quien tenga la mejor propaganda en televisión. Que ustedes solamente van a votar por quien se enfrenta al debate y pase el examen.

Los candidatos que no acepten su invitación – ¡no voten por ellos! Los candidatos que aceptan, pero no los convencen – ¡no voten por ellos! Solo voten por los que saben enfrentarse con transparencia, inteligencia y sensibilidad a su preguntas y propuestas.

Los partidos no han querido hacer una reforma electoral consecuente que dé al ciudadano el poder de escoger los candidatos. Han dejado a medias esta reforma: Les dan el derecho de votar por el candidato de su preferencia, pero sigue prevaleciendo el voto por la bandera.

Es muy fácil: ¡niéguense a votar por bandera! No voten por nadie que no los convence.

No importa si tienen preferencia para la izquierda o la derecha, voten por una persona con nombre, apellido y cara. Y luego oblíguenle que les rinda cuentas.

Saludos, Paolo Lüers

La barbarie de los institutos públicos

Redacción Diario El Mundo

Las pandillas están acabando con lo mejor de nuestra juventud e impidiendo el futuro de muchos estudiantes que quieren una vida mejor.

Una cruenta y brutal guerra ordenadas por los jefes de las principales maras del país se traduce en una sangrienta operación de limpieza en escuelas e institutos: “si no eres de mi mara, estás muerto y no tienes por qué estudiar aquí”, es la orden.

Las autoridades de Educación y de Seguridad han sido incapaces ni siquiera de diagnosticar el problema y la barbarie continúa con impunidad absoluta en virtualmente todo el país. Hasta ahora se contabilizan 116 estudiantes asesinados por pandilleros pero el número es mayor si se contabilizan los estudiantes desaparecidos.

Los testimonios de estudiantes, profesores, directores y padres de familia son escalofriantes. Las confesiones privadas de funcionarios de Seguridad, policías y fiscales  son escalofriantes y deprimentes.

Las pandillas están cometiendo una barbarie con casi absoluta libertad, sin nadie que pueda detenerlos y sin la conciencia de la sociedad sobre lo que está sucediendo.

¿Hasta dónde llegaremos con esto? Las autoridades parecen haber perdido todo control y las esperanzas para jóvenes de escasos recursos económicos que vienen de hogares pobres y buscan formación académica para un futuro mejor, se va desvaneciendo. Algo hay que hacer y pronto, sino veremos ante nosotros toda una generación perdida en esta locura.

¿Pérdida de valores?

Por José M. Tojeira

Analista

Cuando hablamos de la violencia en El Salvador mencionamos automáticamente la pérdida de valores como una de las causas que la generan. Pero debemos matizar la afirmación. Hay valores, y no son pocos, que en el tiempo actual son más respetados que en el pasado. El machismo, como antivalor, está en retroceso en el país. Hace 40 años quedaba prácticamente siempre en la impunidad el varón que golpeaba a su mujer en la casa. Ahora no es tan claro que siempre quede impune, aunque todavía falta por andar. Los derechos de las víctimas de la masacre de 1932 se olvidaron durante todo el tiempo de la dictadura de Martínez. Las masacres de los años ochenta del siglo pasado fueron denunciadas inmediatamente. Aunque no hemos vencido la impunidad, los derechos humanos tienen ahora más vigencia que hace 80 años.

La cultura de paz es mayor que nunca en el país. De hecho superamos una guerra civil a través del diálogo gracias a la sangre de muchos de los que eran partidarios de la paz y a los que ahora llamamos mártires. Los derechos de los niños han ido cuajando en leyes y convenciones. La ley de transparencia significa introducir valores en lo público. Quienes emigran hacia el norte no son personas carentes de valores, sino llenos de ellos. Desean vivir mejor, son más conscientes de que tienen capacidades para superar la pobreza, desean ayudar a sus familias. Y así podríamos seguir argumentando con más datos.

Sin embargo, cuando se habla de pérdida de valores se dice algo importante. No tanto que el pueblo salvadoreño carezca de ellos, sino que cada vez más los valores de la gente chocan con el excesivamente lento desarrollo ético de nuestras instituciones. La gente ha crecido en valores, pero el liderazgo nacional no crece en la misma dirección ni con el mismo ritmo. Cada vez hay más gente que ve la desigualdad y la pobreza como un antivalor. Pero el liderazgo económico no coopera con claridad a la hora de tomar decisiones que reduzcan la desigualdad. Hay una contradicción entre el mayor conocimiento y deseo de valores en la población en general y el lento desarrollo de los valores democráticos y sociales en las estructuras estatales. La gran mayoría de los salvadoreños están convencidos hoy de que la justicia social es un valor de máxima importancia para la vida, la convivencia y la cohesión ciudadana. Sin embargo, lo contrario, la injusticia social continúa vigente en demasiadas relaciones laborales y en muchos de los servicios estatales, que marginan o dividen a la población entre bien atendidos y mal atendidos en campos tan fundamentales como la educación, la salud, las pensiones o la vivienda.

Y es precisamente este crecimiento en conciencia, en contraste con la lentitud con que esos mismos valores se reflejan en el desarrollo del Estado, lo que genera una situación de crisis. Los derechos económicos y sociales brotan de la conciencia de la igual dignidad de la persona humana. En otras palabras, del valor supremo de la persona. La crisis resulta al final de la incapacidad estatal de responder a la conciencia ciudadana de valores básicos que exigen desarrollo social. Porque cuando el estado no responde a las expectativas ciudadanas, la confianza y la cohesión social se debilitan. No es raro entonces que surja violencia. Desde la que se produce en la carretera con tanta muerte por accidente, hasta una criminalidad que desborda ampliamente los límites normales de sociedades integradas.

¿Hay pérdida de valores? No en la gran mayoría del pueblo salvadoreño, que sigue siendo trabajador, esperanzado y ansioso de desarrollo y paz. Si algo nos puede ayudar a vencer la violencia es escuchar las necesidades de nuestro pueblo, conocer sus valores y estimular a nuestra gente dando los pasos de justicia social que las mayorías reclaman y necesitan.

La educación y sus debilidades estructurales

Redacción Diario El Mundo

Que solo un pequeño porcentaje de alumnos apruebe la PAES o el examen de admisión a la UES es preocupante.

Nuestro sistema educativo tiene profundas debilidades estructurales que cada año se reflejan en dos hechos fundamentales: los resultados de la Prueba de Aptitudes y Aprendizaje para Egresados de Educación Media (PAES) y en el examen de admisión a la Universidad de El Salvador.

Los resultados de ambas pruebas son desastrosos, preocupantes, frustrantes para la educación y el desarrollo futuro del país.

La diferencia entre los colegios privados de élite académica y los institutos públicos suele ser abismal y, en general, las deficiencias en las cuatro materias son catastróficas.

Los últimos dos años, el promedio global de la PAES en todo el país ha rondado los cinco puntos (4.9 y 5.14 respectivamente), notas paupérrimas  para un país.

Los resultados de los exámenes de nuevo ingreso a la UES son todavía más frustrantes: solo un 5.06% de los más de 22 mil alumnos que aplicaron, alcanzó cinco puntos o un poco más. La mayoría de los estudiantes, 16,410 no fueron seleccionados porque su puntaje estuvo en el rango de 30 a 49 puntos. Simplemente catastrófico.

El país debe analizar estos resultados con profunda preocupación, buscando convertir la educación en una verdadera prioridad, en una  meta real para nuestro desarrollo, con planes de nación que no se cambien en cada administración ni enfoquen más aspectos ideológicos que académicos. Si eso no se corrige, jamás saldremos de este pantano.