La educación tiene en su base un vínculo personal

David Escobar Galindo

degalindo@laprensa.com.sv

El sistema de educación nacional no responde a las necesidades de un país como el nuestro, en proceso de democratización y modernización. El Salvador, como sociedad y como institucionalidad, nunca hizo una apuesta histórica por la educación, y ese vacío se ha venido convirtiendo con el tiempo en un verdadero abismo. Mientras fuimos un conglomerado que se movía al perezoso ritmo de la marginalidad, como les pasaba a todos los países con las condiciones del nuestro en el pasado aún reciente, la educación tradicional pareció suficiente; pero en las circunstancias actuales, cuando las aperturas globalizadoras nos hacen visibles y actuantes a todos en el mapa global, son inocultables los calamitosos resultados de una educación que no sólo está fuera de tiempo sino, sobre todo, fuera de sentido en relación con la realidad.

Tenemos que partir de un postulado básico e insoslayable: la educación es formativa o no es nada. La educación, en el verdadero sentido del término, está llamada a formar el intelecto, la voluntad y el carácter. Esa es la trilogía virtuosa que sostiene el éxito en la tarea suprema, que es la tarea de vivir. Si algo ha sido factor distorsionador de la función educativa en su concepto esencial es el reduccionismo que viene sufriendo dicha función por el predominio de lo técnico sobre lo humano. En nuestro país es lo que empezó a manifestarse de manera dominante desde la Reforma Educativa de 1968. Personalmente, recuerdo al gestor principal de dicha reforma, el doctor Stiglitz, un científico de primer orden y un ser humano de gran sensibilidad, a quien una vez le oí decir: “Si la reforma no se asume como un proyecto humanizador, no va a prosperar”.

Y es que el éxito real de la educación no depende de los fríos números de la cobertura ni de las estadísticas periódicas del rendimiento, sino de la suma de los aprovechamientos personales que se manifiestan en la escena del día a día, sea esta adversa o favorable. Es decir, la educación ha funcionado bien cuando los individuos que han pasado por el sistema acumulan en su haber las suficientes capacidades para ubicarse productivamente conforme al nivel en que se han formado. Esto sólo se logra si el educando conserva constructivamente lo que ha aprendido; y tal conservación sólo es segura cuando el educando estableció con el educador una relación de persona a persona. En otras palabras, la educación es un ejercicio personal, o no es nada. Así de simple y así de complejo. No es de extrañar entonces que la educación despersonalizada sea un fracaso.

Para hacer realidad esa “relación de persona a persona”, que constituye el núcleo virtuoso de la verdadera educación, es crucial el rol del maestro. En nuestro ambiente, dicho rol se ha venido desdibujando de manera progresiva en el curso del último medio siglo, en paralelo con la desvalorización social también progresiva de la profesión docente. En otros tiempos, ser maestro o maestra era un verdadero certificado de honor, y así era asumido por los que se dedicaban a la misión formadora. Pero luego, los cambios en el mapa sociológico del país no tomaron en cuenta la necesaria modernización del rol del magisterio, y la profesión fue perdiendo atractivo como espacio de autosuperación. El Estado, que debería haber asumido la responsabilidad de dicha modernización, se desentendió, con las consecuencias depredadoras que hoy se padecen.

El desafío principal no está, pues, en el currículo ni en la función administrativa, sino en dos factores mucho más de fondo: la recuperación integral de la profesión docente y el aseguramiento de la permanencia de niños y jóvenes en el sistema. Ambos factores tienen una base social insoslayable. Al maestro hay que elevarle su estatus en todos los sentidos y a los estudiantes hay que rodearlos de las condiciones básicas para que ellos y sus familias se sientan verdaderamente motivados a hacer de la educación una apuesta fundamental de vida. La tarea en ambos sentidos es de proporciones extraordinarias, pero, de no emprenderla en la magnitud que se requiere, los efectos involutivos serán cada vez menos controlables. Y nos referimos a efectos en la paz social, en la estabilidad estructural y en el desarrollo nacional. Hay que poner de nuevo al maestro en el centro de la función educativa, no sólo como transmisor de conocimientos sino sobre todo como gestor de conductas. Si esto no ocurre, se continuarán desperdiciando infinidad de recursos en un esfuerzo sin perspectivas, que es fuente de frustración en vez de ser surtidor de evolución. Hay que hacer que la profesión docente esté rodeada de todos los estímulos necesarios para que se ubique de nuevo en el pedestal que le corresponde, para que pueda desempeñarse a plenitud en la cotidianidad polvorienta y abrupta.

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