Resilencia: educación en entornos desfavorecidos

Óscar Picardo Joao

Editorial LPG

Su aplicación o vivencia se refiere tanto a los individuos en particular como a los grupos familiares o escolares que son capaces de minimizar y sobreponerse a los efectos nocivos de las adversidades y en estos contextos de deterioro socio-cultural (Uriarte, J., 2006).

La resilencia representa una novedosa perspectiva sobre el desarrollo humano, contraria al determinismo genético y al determinismo social. No es una característica con la que nacen o que adquieren ciertos niños, sino un conjunto de procesos sociales e intrapsíquicos inducidos que posibilitan tener una vida “sana” en un medio insano (Rutter, 1990).

El enfoque educativo de la resilencia aborda de manera diferente la perspectiva del riesgo, porque parte de la existencia de un conjunto de condiciones posibles y optimistas entre el educador y educando, mediante el cual a pesar de las condiciones complejas se pueden obtener resultados positivos; esto supone un enfoque de trabajo más personalizado y cercano entre docentes y estudiantes, y sobre todo el reconocimiento que cada alumno es único y valioso; se trata de creer en ellos…

Algunas de las cualidades más importantes que facilitan la resilencia han sido descritas como: a) visión de futuro; b) empoderamiento; c) autoestima consistente; d) convivencia positiva, asertividad, altruismo; e) pensamiento flexible y creativo; f) autocontrol emocional, independencia; g) confianza en sí mismo, sentimiento de autoeficacia y autovalía, optimismo; g) locus de control interno, iniciativa; h) sentido del humor; i) moralidad.

Como afirma J. Uriarte: Ningún alumno elige fracasar en la escuela. Si la sociedad, los padres y profesores exigen éxito y el niño fracasa, la experiencia escolar se convierte en fuente de sufrimiento, y hay que revisar con urgencia qué ha fallado en el aula y fuera de ella. En la escuela no solo se educa a nivel curricular, también hay que trabajar la maduración socioemocional, habilidades sociales y en la formación para la ciudadanía; no obstante, en la mayoría de escuelas públicas de zonas desfavorecidas la calidad de enseñanza es inferior y los profesores –con justa razón– se quejan de que no pueden desarrollar correctamente los programas, al tiempo que se les critica por mantener unos estándares en pruebas nacionales muy bajos; en efecto, hay que crear condiciones especiales para ayudar a estos niños en estas escuelas.

Paco López Jiménez en su artículo “Construir la resilencia en la práctica educativa” al abordar las actitudes del educador apunta una peculiar anécdota: “Se buscan hombres para un viaje peligroso. Sueldo bajo. Frío extremo. Largos meses de absoluta oscuridad. Peligro constante. No es seguro volver con vida. Honor y reconocimiento en caso de éxito”, escribió Ernest Shackleton en 1914, en un anuncio de prensa para reclutar voluntarios para una expedición a la Antártica. Quizás Shackleton no sería considerado hoy un genio del marketing, pero, en su anuncio, apeló magistralmente a la motivación interna conectada con la motivación social. Ambas son, probablemente, las fuentes de motivación más potentes para guiar el comportamiento humano” (…) particularmente el de docentes en entornos desfavorecidos; necesitamos maestros excepcionales y no más de lo mismo…

Necesitamos un nuevo proyecto escolar, sin ataduras en materia burocrática, legal o gremial; con un equipo docente selecto, dispuesto al reto de Shackleton; es decir, gente que quiera compartir con esperanza y optimismo la experiencia de la vida, diseñando un nuevo proyecto pedagógico basado en los sueños y proyecciones de estos niños que sin lugar a dudas buscan algo mejor.

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Políticas educativas minimalistas

Óscar Picardo Joao

opicardo@iseade.edu.sv

Después de 27 meses de espera llegó a mis manos la versión oficial y formal del Plan Social Educativo Vamos a la Escuela 2009-2014. El documento no contiene datos editoriales formales, y publica una versión bastante depurada de lo que fueron los primeros borradores programáticos. En términos generales podemos describir el documento así: buenas ideas y fundamentación, planteamientos técnicos muy etéreos, ausencia de indicadores o metas consecuentes en el tiempo y no posee datos financieros que sostengan los programas. En síntesis, un documento muy filosófico, romántico e idealista.

Producto de esta concepción observamos en la ejecución un modelo minimalista y no nos referimos conceptualmente a lo “esencial”, sino al limitado alcance de las políticas. Por ejemplo, el pilotaje de escuelas inclusivas de tiempo pleno se reduce a 22 centros educativos (en el mejor de los casos a 40 o a 60), cuando en la realidad hay casi 6,000 centros educativos; si magnificamos o proyectamos el costo de la escuela inclusiva de tiempo pleno al sistema no alcanzaría ni el presupuesto de la Nación, y no se puede hacer políticas públicas sobre la base de los cooperantes. Este modelo tiene serias implicaciones en la inversión para infraestructura, y supone cambios importantes a escala curricular, pedagógica, didáctica, recursos humanos y otros; lo que implica un desmontaje del modelo obsoleto y fractal actual construido para avanzar en cobertura. Pero ¿cómo se financia si seguimos invirtiendo 3% del PIB? De igual modo, si pensamos en stakeholders de apoyo como el concepto “doposcuola” en un escenario con un tejido social tan debilitado e instituciones tan frágiles ¿qué podemos esperar?

Igual sucede con el programa Ensanche –de brecha digital escolar–, el cual programa como meta 13,000 computadoras para una población de casi un millón y medio de estudiantes.

En la versión borrador la meta era más ambiciosa (similar a Ceibal, y rondaba las 800,000 computadoras), pero resulta que ahora nos vamos al extremo de alcanzar a menos del 1% de la población escolar; también el programa Cerrando la Brecha del Conocimiento (CBC) plantea la entrega de 11,858 laptops (no queda claro si son parte de las 13,000 o si es otra entrega).

Otras políticas o programas del plan son sumamente generalistas, algunas con datos parciales, otros con metas, otros sin metas, inclusive algunos con metas a partir de 2014: Dignificación del Magisterio; Sigamos Estudiando; Ciencia y Tecnología; Desarrollo Profesional; Mejoramiento de Ambientes Escolares y Recursos Educativos; Recreación, Deporte y Cultura; Currículum pertinente; Educación inclusiva; Cerrando la brecha del conocimiento; Hacia la CYMA; Seamos Productivos; Educación Técnica Profesional; Estudiantes con Desempeño Sobresaliente y Creando Conocimiento.

El único programa con alcance “censal” es el de Paquetes Escolares, con el cual bien podríamos discutir sobre la eficiencia, costo-beneficio y tasa de retorno. Es muy bien valorado por la ciudadanía, pero no está focalizado, y en políticas educativas no se trata de quedar bien, sino de invertir bien.

Esta gestión de gobierno hereda la limitante financiera de las gestiones anteriores. Mientras la media latinoamericana de inversión educativa oscila en el 5% del PIB, en El Salvador no superamos el 3%, con el agravante de diseñar una estrategia difusa e irreal, creando espejismos educativos. Ni ayer ni hoy se plantea solucionar los problemas educativos del sistema: la baja nota de la PAES, la deserción en tercer ciclo, la verdadera dignificación, actualización y evaluación docente. Es más, desde 2000 a la fecha, según un estudio en proceso del economista Mauricio González Orellana, la Tasa Interna de Retorno de inversión en educación viene bajando y camina de la mano con la desaceleración económica del país. Con el sistema educativo de un país hay que hacer ciencia y no política.

Acontecer Educativo

La relación entre la educación y las empresas.

Helga Cuéllar-Marchelli*

En las economías basadas en el conocimiento, los países que han crecido más rápido no son los que cuentan con una fuerza laboral con más años de estudio, sino con personas capaces de aprovechar el conocimiento y la tecnología para crear nuevos productos y servicios. Esto sólo se consigue mejorando la calidad de la educación, para lo cual se requiere de una política de Estado que pueda mantenerse a lo largo del tiempo.

Por eso, si en algo debería haber consenso nacional, es en definir a la educación como un eje estratégico para aumentar el crecimiento económico y promover el desarrollo. Según los informes del Foro Económico Mundial, El Salvador ha venido perdiendo su posición en el ranking mundial, pasando de la posición 53 de 104 países en 2004 a la posición 91 de 142 países en 2011. Esta realidad se manifiesta a través del lento crecimiento económico, la reducción de la inversión y la insuficiente generación de empleos. El país está perdiendo competitividad debido a la inseguridad, la desconfianza en las instituciones, las deficiencias en la educación y las restricciones a la innovación que enfrentan las empresas.

Sobre este último punto, es oportuno mencionar que existe una relación entre la educación y el sector productivo que usualmente pasa desapercibida. A las empresas les importa –o les debería importar– la educación porque su productividad depende, en buena medida, de la capacidad de su recurso humano. Muchos empresarios experimentan a diario que, en un país donde la escolaridad promedio de la población es apenas seis años, las posibilidades para transferir tecnología son limitadas. Ellos saben que es difícil encontrar personal con la formación necesaria para utilizar cierta tecnología y leer los manuales en inglés de algunos equipos.

También, es común encontrar graduados de bachillerato, carreras técnicas o universitarias que carecen de la suficiente preparación para desempeñar bien las tareas profesionales que les corresponden. Muchos tienen dificultades para comunicarse efectivamente, trabajar en equipo, resolver problemas e incluso actuar con rectitud. Este tipo de brechas entre la demanda y la oferta laboral se reducirían, si la relación entre el sector productivo y el sistema educativo fuera estrecha.

Las empresas pueden contribuir con la educación de varias maneras. Ellas pueden estimular la formación continua de su recurso humano a través de la capacitación y pueden apoyar el sistema escolar a través de acciones de Responsabilidad Social Empresarial (RSE); ya sea ofreciendo becas de estudio, apoyando programas de mejoramiento de la infraestructura escolar, donando equipo y materiales didácticos, etc. Las empresas también pueden crear alianzas con el sistema de educación superior, para impulsar el desarrollo científico, la investigación y la innovación.

Las empresas pueden ser clientes críticos del sistema educativo, aliados y promotores de políticas públicas, que busquen mejorar la equidad en el acceso a una educación de alta calidad. Hace falta mucho por hacer para poder maximizar el aporte positivo que las empresas pueden dar a la educación. Ya es tiempo de revisar los esquemas de incentivos y el marco institucional que existen para acercar la educación al mundo laboral y viceversa.

En Chile, por ejemplo, existe una instancia especial para propiciar o fortalecer la relación entre la educación y las empresas conformada por el Ministro de Educación, directores de gremiales empresariales e industriales, entre otros participantes.

Aunque muchas empresas salvadoreñas apoyan la educación de múltiples formas, esta relación necesita evolucionar y madurar. Ya es tiempo de hacer visible y optimizar la relación entre la educación y las empresas, para poder contribuir de una manera más efectiva a elevar la productividad de las personas, las empresas y la competitividad del país.

*Columnista de El Diario de Hoy.

Twitter:@hmarchelli

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