Verdades y falsedades sobre educación y empleo

Joaquín Samayoa / Editorial LPGJoaquín Samayoa

En las dos categorías nuestro país deja mucho que desear. Eso es indiscutible. Sin embargo, hay que hilar más fino para enfrentar con mayor realismo y eficacia esos desafíos sociales, que son urgentes y debieran ser prioritarios, no porque lo digan los pandilleros o quienes aceptan sus justificaciones, sino porque en la educación y el empleo están las claves para empezar a salir del estancamiento económico en el que se encuentra El Salvador desde hace varios años.

Desde el fin de la guerra, nuestro país logró cerrar bastante la brecha entre oferta y demanda de educación básica hasta el punto de lograr cobertura casi universal en los dos primeros ciclos de educación básica. Sin embargo, persiste en el sistema educativo una enorme fuga que comienza a ocurrir más o menos a la altura del 7.º grado y se acentúa progresivamente en los siguientes años. Según datos de la DIGESTYC (EHPM 2010), más de un cuarto de millón de niños entre los 10 y los 18 años no van a la escuela.

Esto es un fenómeno alarmante pero no tan simple como parece. En parte se debe a insuficiencia en la oferta educativa. El Estado tendría que hacer una cuantiosa inversión en infraestructura escolar y formación de maestros para estar en capacidad de atender la demanda potencial. Pero también hay un problema por el lado de la demanda. Pudiendo hacerlo, muchos jóvenes no completan su educación básica y media por valoraciones personales y familiares acerca de su utilidad o por los costos de oportunidad de mantenerse en la escuela cuando podrían dedicarse a procurar ingresos por medios lícitos o ilícitos.

Nuestro sistema educativo también adolece de persistentes deficiencias de calidad, pero eso está lejos de ser el principal factor que explica el abandono prematuro de la escuela.

Los problemas de calidad deben empezar a superarse por muchas otras razones, pero no porque sean muy determinantes en la deserción escolar. Mal que bien los jóvenes que perseveran y completan su educación media y superior, aunque esta sea de muy mala calidad, se van abriendo paso en la vida y se convierten en ciudadanos productivos. La desigualdad en las oportunidades educativas tiende a perpetuar las desventajas económicas y sociales de una gran cantidad de jóvenes, pero no es una justificación válida de opciones delincuenciales. La desigualdad no es una fatalidad, como lo demuestran cientos de miles de jóvenes que con esfuerzo superan grandes adversidades y se colocan en posición de aprovechar las oportunidades de ayuda financiera que existen para realizar estudios superiores.

Si los cabecillas de las pandillas de verdad quieren ser parte de la solución, lo primero que deben hacer es abstenerse de obstaculizar aun más el camino de los jóvenes que quieren educarse. Estarían hablando pura paja si continúan reclutando en las escuelas y asesinando a los que no quieren unirse a la pandilla, si continúan amenazando a los maestros y socavando su autoridad, si continúan extorsionando a las familias pobres e induciendo a los niños a consumir y traficar drogas.

El Estado, por su parte, debe asumir sus responsabilidades con mucha más seriedad. El discurso de convocatoria a grandes pactos nacionales es completamente hueco, demagógico y oportunista si se sigue proponiendo y aprobando presupuestos que nos ubican en las últimas posiciones de América Latina en inversión educativa. Peor todavía si el Gobierno sigue utilizando mal los escasos fondos que asigna a la educación.

Pero aun si todos hacen su parte y se logran mejoras sustanciales a corto plazo en cobertura, equidad y calidad educativa no avanzamos mucho sin una política agresiva de fomento del empleo.

Se ha dicho hasta la sociedad pero algunos dentro y fuera del Gobierno todavía no lo entienden. La inversión privada, sea local o extranjera, en ninguna parte se mueve por patriotismo. Necesita seguridad jurídica a largo plazo, necesita saber a qué atenerse, necesita algunos incentivos. La hostilidad y las amenazas repelen la inversión.

El Estado obtiene muchos más ingresos de una economía pujante que de una economía agobiada y temerosa. Así de simple. Y en este punto también ayudarían mucho los pandilleros si dejan de asfixiar a la micro y pequeña empresa con sus malditas extorsiones.

jsamayoa@fepade.org.sv

Acontecer Educativo Niños

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