En el Día del Maestro hay que retomar conciencia de su vital función.

Editorial LPG.

A pesar del calendario cívico y de recordatorios ejemplares ha venido perdiendo relieve y brillo en el ambiente, quedan fechas que siguen siendo muy notorias, sobre todo en conglomerados específicos de la comunidad nacional. Ahora lo que hay son Días para todo, que casi siempre pasan inadvertidos para la generalidad de los ciudadanos, embebidos como están en los mil ajetreos de la vida cotidiana, cada vez más agobiada de carencias, ansiedades y desafíos. Una de esas fechas significativas es el 22 de junio, en la que tradicionalmente se celebra el Día del Maestro. Y que hoy más que de celebración tendría que ser de concienciación.

La Educación es un tema que, a lo largo del tiempo, se ha venido volviendo problema. Y es así porque no se ha dado oportunamente el empalme armonioso entre las transformaciones sociológicas que se producen en el país y los ajustes educativos concordantes con dichos cambios históricos progresivos. Especialmente a partir de los años 60 del pasado siglo, nuestra sociedad entró en fase evolutiva acelerada; pero, al no tomar debida conciencia de ello, las estructuras nacionales básicas se fueron quedando atrás de las necesidades y las aspiraciones ciudadanas, con los efectos conocidos. La educación es una de esas estructuras.

A estas alturas, y luego de varias dizque reformas de la Educación Nacional, lo que se necesita es un replanteamiento a fondo del sistema, que lo vuelva idóneo para dar respuesta a los grandes retos y oportunidades de nuestra época, tanto en lo personal como en lo social. Y en dicho replanteamiento la función del maestro debe estar en primera línea. Aunque siempre hay maestros que se destacan por su excelencia, en la actualidad se hace sentir, en términos generales, el decrecimiento de la mística en el ejercicio de tan noble y decisiva tarea. Don Saúl Flores, uno de los grandes de antaño, decía que no es lo mismo ser maestro que ser profesor.

Traemos aquí de nuevo a cuenta, y en un momento más que oportuno, el punto básico de la formación docente. Cuando se desmanteló el esquema de escuelas normales, donde se formaban los maestros y las maestras en un ambiente de convivencia claustral, el sistema entró en crisis, agudizada por las distorsiones derivadas del manejo ideologizado de las demandas laborales. A los educadores hay que proveerles estímulos de variada índole –de superación profesional, de mejoramiento económico, de formación integral continuada, entre otros–, pero manteniendo intacto el ser de esta labor de tanta trascendencia, cuyo desempeño es tan determinante para la buena marcha de la vida nacional.

En ningún momento hay que olvidar que la educación, en su verdadero sentido, es más que la simple transmisión de conocimientos: es la formación del carácter, la enseñanza práctica de los valores y el fomento temprano de la convivencia pacífica. Y tales funciones dependen fundamentalmente del maestro como persona, y del ejercicio efectivo de la misión que le corresponde. Ya que en realidad más que a una profesión estamos refiriéndonos a una misión.

Este Día, pues, debería ser momento propicio para emprender una reflexión seria, profunda y responsable sobre las distintas dimensiones y proyecciones de la educación en el ambiente, a fin de impulsar cuanto antes el esfuerzo modernizador que los imperativos y las necesidades de los tiempos demandan. Esa sería la mejor celebración posible.

Acontecer Educativo

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