En el Mes del Maestro, un recordatorio insoslayable

Por David Escobar Galindo

degalindo@laprensagrafica.com

La tarea de enseñar es tan antigua como el mundo, pues su naturaleza está íntimamente vinculada con el devenir de la vida. Los seres humanos se suceden unos a otros en el tiempo, y la lógica natural indica que los que tienen más permanencia vivida orienten e ilustren a los que vienen después. Esto hace que la educación, entendida como un proceso cotidiano que nunca se detiene, comience en el primer día de la existencia de cada ser humano y concluya —al menos en este plano— a la vez que lo hace la existencia material. Nacemos aprendiendo y morimos aprendiendo, nos demos cuenta de ello o no. Es perfectamente cierto, entonces, que la primera escuela está en el espacio hogareño de cada quien, que es donde se ofrecen las lecciones básicas del vivir y del convivir. Para bien o para mal, la intimidad familiar es el aula originaria.

Los padres, entonces, son los iniciales y más decisivos educadores, pues tienen en sus manos al educando filial desde que éste se halla en el vientre materno. La primera distorsión la genera la ausencia. En nuestro ambiente, hay una gran cantidad de familias uniparentales, en las que sólo la madre está presente. En esos casos, las madres tienen que ejercer los dos roles, lo cual prácticamente es imposible, pues lo que siempre se necesita es la conjunción armoniosa de los roles del hombre y de la mujer. Es indispensable, en consecuencia, rehabilitar la familia desde su base, en términos ampliamente sociales, para que desde ahí nuestra comunidad nacional se redefina como un espacio de construcción humana, en vez de ser lo que ahora es en gran medida: un vivero de inseguridades, de desajustes y de frustraciones.

Muy pronto se abre —o se debe abrir— la otra escuela básica, que es la que comúnmente conocemos como “escuela”. Ahí están o deben estar aguardando el hombre o la mujer que se han preparado formalmente para educar. Y, en contraste con los educadores familiares, que no tienen ninguna academia donde formarse como tales, en el caso de los educadores subsiguientes sí hay una formación que los capacita para cumplir con su respectiva función. El problema para nuestra sociedad y para los que constituimos parte de ella está en que dicha formación ha venido desvitalizándose progresivamente, hasta ser una versión borrosa de lo que fue en épocas pasadas. Este es un contrasentido histórico flagrante, del que derivan, de manera directa o colateral, buena parte de los trastornos que prosperan y proliferan en el ambiente.

Puestas así las cosas, es claro que los salvadoreños tenemos que poner manos a la obra de las reanimaciones fundamentales: la de la educación familiar y la de la educación escolar. Y, al respecto, las preguntas cruciales surgen de inmediato: ¿Cómo identificar las tareas reconstructivas necesarias? ¿Por dónde empezar el tratamiento práctico de las mismas? ¿Qué rutas reformadoras seguir? En cuanto a la familia, la clave fundacional está en un término: conciencia. Y en lo que toca a la escuela como tal, el término directriz es el mismo: conciencia. Tenemos, pues, un punto de partida común. Nuestra realidad requiere, para ser lo que debe ser, dosis multiplicadas de conciencia. Para el caso, conciencia de lo que debe ser la familia y conciencia de lo que debe ser la escuela. Conciencia del compromiso que significa formar y educar, sin excepciones ni exclusiones.

Y así se puede ver más claro que el área de formación y de educación es mucho más amplia que el intelecto. Hay que formar el alma y educar el carácter, para hacer posible que todas las otras siembras formadoras y educadoras encuentren terrenos debidamente fertilizados. Y ubicados en tales perspectivas, las preguntas que siguen son también inevitables: ¿Qué conciencia hay en nuestro ambiente de la necesidad de formar el alma de todos los que nacen y crecen en nuestro suelo? ¿Y qué conciencia hay del imperativo de educar el carácter de los mismos? ¡Qué distantes se hallan los verdaderos problemas que enfrentamos al respecto del repetitivo manejo de medidas superficiales que periódicamente se ofrecen como soluciones transformadoras y del obsesivo juego de estadísticas intrascendentes con que se quiere despachar la realidad!

Lo que habría que hacer cuanto antes en nuestro país es replantearse la educación en todas sus dimensiones y niveles. Ni siquiera bastaría transformar de veras el sistema educativo: hay que hacer vigente la función de formar y de educar desde sus más profundas raíces existenciales, en lo individual y en lo colectivo. El desafío real consiste en modelar la conducta para que la vida funcione. Y tenemos que asumirlo como la tarea fundamental, para cada quien en particular y para todos en conjunto. Y si esa tarea no se asume, todo lo demás queda en el aire.

acontecer educativo garcía flamenco

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