Presupuestos educativos…

Escrito por Óscar Picardo Joao

El concepto presupuesto –del latín suppositus, i–, como bien lo indica la etimología, parte de un “supuesto” previo, es decir, de un cálculo hipotético de algo que deseamos que suceda en el futuro. En el campo educativo, los presupuestos, tanto a escala de país como institucional –e incluso familiar–, son la mejor radiografía para comprender cuáles son las prioridades de los dirigentes, directores o padres y madres de familia.

En términos generales, los presupuestos son una herramienta de gestión que balancean los ingresos y egresos a través de una expresión cifrada, conjunta y sistemática de carácter anual o plurianual.

A escala de país, nuestro presupuesto educativo es muy limitado, en cantidad y calidad. Desde hace más de 30 años, lo destinado a educación oscila en 3% del PIB; la media en Latinoamérica es del 6% del PIB. Pero además de ser bajo, tiene una mala distribución, destinando un alto porcentaje del monto a salarios y muy poco a tecnologías, innovaciones o calidad. Incluso, en no pocas ocasiones hay serios problemas de ejecución por razones de ineficiencia o burocracia. Con estos criterios, concluimos que nuestro sistema educativo no ha sido ni es prioridad política para los gobiernos del pasado reciente y del presente.

En cuanto a instituciones educativas tenemos cuatro escenarios:

a) En instituciones de educación superior (de utilidad pública y sin fines de lucro) los porcentajes mayores del presupuesto están centrados en asuntos docentes y administrativos; en menor escala en proyección social, y a la función de investigación o creación de conocimiento casi no se le asigna nada (solo sumatoria de salarios); en no pocos casos sí existe lucro muy bien disimulado en operaciones paralelas de empresas asociadas, bienes raíces o salarios; b) en la Universidad de El Salvador contamos con el deshonroso menor presupuesto de la región centroamericana, lo que equivale a 1.67% del presupuesto general de la nación, con el agravante de tener que atender a más de 50,000 estudiantes, y dejando menos del 1% para investigación; c) en instituciones educativas de los niveles básico y medio –colegios privados– tenemos un caos perfecto en el que conviven viles negocios educativos, instituciones serias, colegios sin fines de lucro, etcétera, con una disyuntiva financiera particular entre la necesidad de invertir para mejorar y las limitaciones legales del Decreto Legislativo n.º 533, que exige una complejo proceso para lograr la aprobación de incremento de cuotas; como sea, en un gran número de colegios, las inversiones en calidad, equipamiento, tecnologías, bibliotecas, etcétera, son mínimas; d) en el ámbito público, los fondos no solo son limitados, sino que poseen significativos retrasos y burocracias; su diseño presupuestario se centra en las operaciones recurrentes mínimas con limitadas proyecciones de mejora. El monto por alumno puede oscilar entre $12.79 y $15.98 en los mejores casos.

En cuanto a las familias tenemos dos escenarios: un sector configurado por la pobreza que, según el censo de 2007, invierte o gasta el 2.86% de sus ingresos en educación; por ejemplo, en una situación de ingresos promedios de $685, se invierten no más de $20 al mes; otro sector puede llegar a pagar en parvularia un aproximado de $225 al mes (incluyendo matrícula anual), costo que supera con creces la mensualidad de la media de universidades privadas, la cual ronda los $50…

¿Qué podemos concluir en un análisis a priori? A nivel gubernamental, la educación ciudadana no ha sido ni es una prioridad; en instituciones educativas privadas, se percibe un enfoque mercantil (salvo excepciones) y en el sector público, un modelo pauperizante; en la familia, la gente no paga por un proyecto educativo, sino la seguridad y relaciones de sus hijos…

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¿Para qué educamos…?

Escrito por Óscar Picardo Joao opicardo@uoc.edu

Y al final ¿para qué educamos?… Esta es una pregunta fundamental que nos debemos hacer en la familia, en la escuela, en la universidad, y también en los ambientes políticos. Detrás de esta pregunta podremos encontrar una considerable cantidad de tópicos fundamentales, entre ellos: el modelo antropológico (quiénes somos, y qué aspiramos ser), la visión sociológica (en qué sociedad vivimos, y cómo la construimos), y así podríamos seguir con otros ámbitos.

El economicismo consumista que está regulando los paradigmas contemporáneos ha desplazado a algunos conceptos sustantivos del desarrollo “normal”, y desde hace un par de décadas todo se está desfigurando. El problema es muy grave ya que la visión de felicidad ha sido sustituida por la capacidad de adquisición, y esto invade todos los ámbitos, desde lo lúdico en la infancia hasta las relaciones humanas entre los adultos.

En no pocos casos, la gente está esclavizada a comprometer su estabilidad financiera del futuro por elementos efímeros; por ejemplo, es muy común ver a gente de rangos salariales muy bajos destinando un alto porcentaje de sus ingresos para pagar un teléfono celular muy caro (BlackBerry o iPhone) y sus colaterales o cuotas mensuales. Valga aclarar que también el mercado trabaja para el corto plazo, casi todo lo que produce es desechable o cambia de modelo muy rápido. Esto ocurre con las tecnologías, con los zapatos deportivos, con los vehículos, y los niños y jóvenes viven un estrés increíble para lograr estar en la palestra de la moda.

En el ámbito infantil el “jugar” ha cambiado muchísimo; la mayoría de juguetes, y sobre todo los de índole tecnológica, empujan al niño a jugar solo, y esto limita la capacidad de socialización, y amplifica el egocentrismo, además son juegos más estáticos y luego los desbordes de energía en la escuela necesitan ser controlados con Ritaline; también la felicidad infantil es sinónimo de comprar, y ante el limitado desarrollo de espacios recreativos lo más común es ir a un restaurante de comida rápida a medio comer por obtener un juguete. Vale la pena anotar el deterioro de la estética, ¿ha visto usted con detenimiento la calidad, las formas, las imágenes y los lenguajes de los que sus hijos pequeños consumen en la TV? Esto sí que espanta. En el rango juvenil la cosa es más compleja; los jóvenes necesitan para comunicarse un teléfono inteligente, y hasta en reuniones o fiestas prefieren comunicarse a través de redes sociales o mensajería; aquí la presión del mercado y la competitividad es mayor, y aparece el paradigma digital de second life para atenuar las altas aspiraciones de lo que quiero y no puedo ser; los modelos de los jóvenes son complicados y distantes ya que sus padres pasan trabajando; el erotismo, la pornografía, la sexualidad y la violencia aparecen en su horizonte axiológico como sus nuevos “valores”. Con este bagaje muestral de problemas uno se pregunta: ¿Cómo hacer educación? Finalmente están los padres y las madres, muy endeudados, sin capacidad de ahorro y con un pronóstico de futuro incierto; trabajando desde la madrugada hasta la noche para poder pagar y comprar, confiados en una falsa religión que les permita el milagro de una beca para sus hijos, sacarse la lotería o algo por el estilo…

Mientras esto sucede en la cotidianidad, nuestro planeta ya no da más de sí; plagado de basura, generando aceleradamente plásticos y metales, y cada vez con menos agua y árboles; en efecto, estamos construyendo el gran mausoleo de la próxima generación. Y la única forma de cambiar el rumbo de este caos es a través de la educación, y lo dramático es que no veamos que comience el cambio.

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