Metamorfosis y entropía de la escuela…

Por Óscar Picardo Joao

opicardo@uoc.edu

A partir de los modelos desarrollistas de los años sesenta se crearon una considerable cantidad de programas compensatorios para combatir la pobreza cercanos a la escuela. Muy pocos fueron eficientes y, ante el fracaso, comenzaron a evolucionar, pasando por intervenciones sectoriales y/o municipalistas (los setenta); programas de salud y alimentación escolar (los ochenta); Boucher y transferencias condicionadas (los noventa). Ya en la primera década del siglo XXI comenzamos con otros experimentos educativos: repartir zapatos, útiles, uniformes y vasos de leche, y hoy ya se habla de desayunos y almuerzos escolares.

Nuestra escuela pública tradicional, con costo, logra cubrir un poco más de la mitad del calendario escolar (200 días) entre días festivos, actividades cívicas, deportivas y culturales, más los recurrentes fenómenos del cambio climático. En las últimas décadas solo se dedican poco más de 100 días; no es casualidad que las PAES y Paesitas reflejen una nota coherente a lo enseñado y aprendido, entre 4 y 6.

Los directores de centros escolares –y hoy también los maestros– dedican tanto tiempo a la burocracia como a la pedagogía; tienen que llenar muchos papeles, liquidar minuciosamente todo lo referente a los proveedores, atender padres y madres, llenar boletas de censo, boletas de notas, colaborar con los trámites de pruebas estandarizadas, llenar formatos de planes educativos institucionales, ir a capacitaciones, atender asuntos de su propia salud, etc. Por si fuera poco, ahora tienen que tallar uniformes y zapatos, hacer los paquetes para entregar a los alumnos, dedicar tiempo para entregar tales paquetes y atender los reclamos… Y no sería raro que les toque hacer de cocineros y meseros con esto del vaso de leche y del desayuno escolar…

Lastimosamente, la politiquería y las campañas políticas están a la puerta de la escuela, y estos recintos son para enseñar y aprender a ser mejores ciudadanos, y no espacios para debacles políticas ni para solucionar la pobreza o la exclusión aturdiéndola de programas sociales compensatorios.

La gente necesita subsidios, pero no podemos recargar a la escuela quitándole tiempo valioso para aprender. El tiempo limitado de la escuela actual solo cubre cuatro áreas: Matemáticas, Ciencias Sociales, Ciencias Naturales y Lenguaje y Literatura; y si se llevara a cabo a nivel censal la Escuela Inclusiva a Tiempo Pleno –cosa que dudamos por el financiamiento– tendríamos unas tres horas más para Educación Física y deporte, Educación Artística y otros programas extracurriculares, y aquí ya hay que hablar de almuerzos.

Repensemos mejor el modelo y diseñemos programas de apoyo fuera de la escuela o en su periferia; demos un bono para que la gente pueda decidir si lo gasta en uniformes, útiles o alimentación, y en un local comercial certificado; controlemos la eficiencia de su uso sobre la base de resultados académicos, y a quien no lo aproveche se retira.

No podemos seguir con una piñata de reparto sin focalización y sin control. ¿Cómo es posible que luego de invertir cerca de $80 millones en uniformes, zapatos y útiles hayamos perdido cerca de 139,000 niños en la matrícula 2011?

Nuestra escuela no necesita más populismo, demanda medidas eficientes para mejorar la calidad de los aprendizajes. Y esto pasa por crear una política en torno al factor más determinante: la clase docente. No vamos a cambiar el país con niños más o menos uniformados, ni con vasos de leche o desayunos en las escuelas. Es obvio que la vestimenta y zapatos ayudan a la dignificación, que los útiles son imprescindibles herramientas didácticas y que nadie aprende con el estómago vacío. Pero mientras no tengamos medidas con costo-beneficio y tasa de retorno, seguiremos malgastando dinero y la escuela seguirá de mal en peor.

acontecer educativo garcía flamenco

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