El motor vitalizador del desarrollo es la creatividad aplicada

Dr. David Escobar Galindo
Los salvadoreños tenemos fama, ya por tradición, de laboriosidad infatigable, de impulso empresarial de avanzada y de espíritu incansablemente buscador de oportunidades. En esos tres sentidos hemos sido tomados, con recurrente reconocimiento, como ejemplares. Pero ninguna imagen, por certera que sea, se mantiene estática en el tiempo. A estas alturas, para el caso, nuestra laboriosidad interna ha venido descalcificándose por el impacto desmotivador de las remesas; nuestra creatividad empresarial no ha logrado multiplicarse en los distintos niveles del ambiente con el empuje y la ilusión que se necesitan; y nuestro espíritu de búsqueda de mejoramiento ha tomado el camino de la emigración ante la escasez de estímulos en el entorno propio. Y todo esto merece lecturas atentas, profundas, multifacéticas y puestas al día.

El déficit más grande que cargamos y padecemos en el país es el déficit de análisis sincero e integrado sobre nuestra propia realidad. Seguimos viviendo al día, en los conceptos, en las acciones, en las proyecciones. Y esto se manifiesta, con dramatismo creciente, en el área vital de la política. Es cierto que la competencia democrática exige que los competidores están constantemente en guardia; pero también lo es que la vida nacional es más, muchísimo más, que cualquier disputa electoral, del nivel que sea. Los políticos tienden a hacer análisis superficiales del fenómeno real. Y también tienden a hacerlos los técnicos y los agentes económicos y sociales. Se requeriría un reciclaje de la función analítica, para que se pudiera distinguir entre los temas coyunturales y los desafíos estructurales. Por ahora, nos movemos en una confusión creciente.

Entretanto, el desarrollo está esperando, y es una espera cada vez más impaciente. La clave anímica de tal impaciencia está en el sentir ciudadano. La ciudadanía se resigna cada vez menos a una vida que equivalga simplemente a supervivencia: necesita y quiere autorrealización, aunque no se la plantea como un objetivo racional. Hablamos aquí de sentimientos profundos. Por eso es pervertidor e injusto que la acción social se quede en los meros aportes en forma de dádivas. Por supuesto que hay que socorrer a los que no tienen ya cómo hallar vías de superación, porque sus condiciones son irremediablemente precarias; pero el verdadero desafío está en proveer mecanismos autorrealizadores a todos aquéllos que se encuentran en fase prospectiva, como son los niños y los jóvenes de todos los niveles socioeconómicos.

En nuestro país, si algo se desperdicia con la más absoluta impunidad es el talento, porque el talento existe en todas partes, desde las zonas económicamente más favorecidas hasta los cantones más olvidados. Hasta la fecha, no ha existido nunca entre nosotros una verdadera política de promoción del talento nacional, y esa es, sin duda, una de las causas de la frustración imperante. Si a un joven que tiene potencialidad intelectual y volitiva para ser médico, ingeniero, abogado, empresario o artista se le ofrece, como penoso estímulo de compensación, un cursito de inglés y otro de computación, cuando más, es imaginable la sensación desestimulante que ello provoca. Tenemos, como sociedad y como institucionalidad, que entender lo que son las auténticas dinámicas de autorrealización, para asumirlas como tarea patriótica.

La creatividad, tanto personal como social, está en la base del desarrollo. Eso ha sido así siempre, y lo es más aún en esta época de globalización, apertura, transversalidad y interacción. Ahora mismo, el que no crea no funciona; y eso se refiere a individuos, a organizaciones y a países. Ya no es cuestión de dimensiones geográficas ni de poderíos militares. Véase, por ejemplo, los casos de Hong Kong y de Singapur. Es la creatividad bien organizada la que da la pauta del progreso de vanguardia. Y entonces un país como el nuestro tiene, hoy, infinidad de oportunidades que en el pasado reciente eran inimaginables. ¿Por qué no aprovechamos esta oportunidad histórica inimaginada? Porque no estamos entrenados para desarrollar aptitudes a fin de funcionar hacia adentro y hacia afuera.

Tenemos que dejar de lado en forma definitiva y comprobable los complejos tercermundistas, las anticuadas fidelidades ideológicas, la sumisión perversa a la improvisación y al cortoplacismo. Tomemos, de una vez por todas, nuestra posición en el mapamundi, con todos los efectos consiguientes. Hagámonos visibles en la competitividad regional y global, en este tiempo en que los nichos productivos han venido ganando tanta vitalidad aprovechable. Es cuestión de creer en nosotros mismos y de crear a partir de esa saludable convicción.

Acontecer Educativo

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