Pensando en 140 caracteres

Por Juan Valiente.

Recientemente tuve la oportunidad de dirigirme a estudiantes de la Universidad José Matías Delgado sobre el tema de la tecnología en el presente y su impacto en los profesionales del futuro. Tengo más de treinta años de estar en contacto con las TIC y han sido los últimos los que han encendido las alarmas sobre las consecuencias negativas de la invasión tecnológica de la vida. Ya Nicholas Negroponte, líder del proyecto “One Laptop per Child”, dijo que la computación ya no tenía que ver con computadoras, sino con la vida.

La tecnología ha invadido profundamente al ser humano y numerosos estudios están demostrando que esta invasión está cambiando su naturaleza. Está mutando el ser de nosotros como especie. Nicholas Carr en su libro “The Shallows” (El Bajío) argumenta que las nuevas tecnologías están debilitando nuestra inteligencia. ¿Cómo podremos ser capaces de seguir produciendo conocimiento si nos acostumbramos a pensar en series discontinuas de 140 caracteres? ¿Cómo podremos profundizar, ir mar adentro, si nos acostumbramos a hacer muchas cosas al mismo tiempo?

Dice Carr en su libro: “[Patricia Greenfield] llegó a la conclusión de que ‘todos los medios desarrollan algunas habilidades cognitivas a expensas de los demás.’ El uso creciente de Internet y de las tecnologías basadas en pantallas ha llevado al ‘desarrollo amplio y sofisticado de habilidades visuales y espaciales.’ Podemos, por ejemplo, rotar objetos en nuestra mente mejor de lo que solíamos ser capaces de hacerlo. Pero nuestras ‘nuevas fortalezas en inteligencia visual y espacial’ van de la mano con un debilitamiento de nuestra capacidad para el tipo de ‘transformación profunda’, que apuntala ‘la adquisición del conocimiento relevante, el análisis inductivo, el pensamiento crítico, la imaginación y la reflexión”.

Parece que progresivamente nos estamos condenando a las aguas poco profundas, al bajío del conocimiento. “The Shallows” quiere trasladarnos la preocupación de este impacto negativo en el desarrollo humano. La fascinación de los jóvenes con la tecnología y la ubicuidad de los dispositivos móviles debe alertarnos sobre la veracidad de esta predicción (basada en investigaciones). Tenemos que trabajar promoviendo esfuerzos conscientes por lograr espacios de convivencia humana que no estén mediatizados o entorpecidos por la tecnología.

La prevalencia de la interacción humana sobre la base de mensajes cortos y la convivencia disruptiva y asincrónica con ciertos dispositivos móviles puede estar causando daños permanentes a nuestra capacidad de pensar, de convivir y de relacionarnos. Si continuamos pensando en 140 caracteres, perderemos irremediablemente nuestra capacidad de ser personas. Ya en países del primer mundo hay terapias de tratamiento psicológico que imponen restricción absoluta a la tecnología y redescubrimiento de la naturaleza para permitir que las ondas cerebrales vuelvan a sincronizarse con el mundo natural.

La tecnología es necesaria. No habrá futuro exento de ella, pero debemos ser inteligentes en usarla debidamente y en nuestro beneficio. Por supuesto que soluciones educativas como T-Box, que nosotros promovemos en el país tienen un evidente beneficio al ampliar las posibilidades de aprendizaje y al utilizar Internet para crear oportunidades de desarrollo personal en incluso lugares remotos de nuestro país. Sin embargo, son las tendencias en el uso social y desregulado de estas tecnologías las que están deteriorando realmente nuestra capacidad de aprendizaje.

Maestros y padres de familia estamos llamados a intervenir. Debemos apoyar el uso responsable y adecuado de la tecnología, pero ninguno de nosotros permitiríamos que nuestros hijos aprendieran a manejar vehículos automotores para que se lanzaran desde un precipicio. Para llegar a ser un país grande necesitamos desarrollar a nuestros jóvenes y enseñarles en el proceso a hacer uso de la tecnología en su beneficio y no en su contra. Las cartas están servidas. ¿Cómo jugaremos?

acontecer educativo garcía flamenco

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El aula (rural)…

Por Óscar Picardo Joao

En esta aula una mujer con entusiasmo y mística intenta hacer pedagogía con un grupo de 25 estudiantes de tercer, cuarto, quinto y sexto grados. Hay niños y niñas desde nueve a 16 años.

La fotografía de un aula multigrado es compleja pero real; si resulta una tarea titánica hacer educación en entornos rurales, con limitaciones de transporte, alimentación y recursos didácticos, mucho más complicado es enseñar –y aprender– a un grupo de niños y niñas con intereses y edades distintas en ese entorno. Además de las limitaciones pedagógicas y didácticas, los docentes a cargo hacen educación en entornos excluidos, pobres y vulnerables.

Más allá de lo educativo, uno se pregunta sobre el valor social de la educación: ¿educación para qué?, ¿qué va a cambiar la educación en la vida de estos niños y niñas? En realidad, no hay oportunidades a unos 100 kilómetros a la redonda, solo milpas y tareas agropecuarias.

Es más, el propio sistema educativo los prepara para migrar, ya que si quieren estudiar hasta noveno grado, tienen que ir a otro pueblo; y si hay aspiraciones para terminar bachillerato, tendrán que viajar hasta la cabecera departamental. ¿Y luego qué?, ¿regresar al cantón con el título de bachiller para qué? La suerte está echada, es un viaje sin regreso.

Al preguntar a la gente por qué estudiar, las respuestas se consolidaban en un aspecto de alfabetización: para que aprenden a leer y escribir, punto; de nada sirve uno o más años de escolaridad en estos lugares remotos. Por ahí aparecen algunos soñadores que han oído hablar de la universidad, o que quieren ser doctores o abogados, y no sabemos bien si uno de cada cien logra esto; otros quieren ser policías o enfermeras y se arriesgan a estudiar un poco más porque tienen un familiar en la cabecera departamental. Los mayores de 15 años piensan en irse a la capital o a Estados Unidos a probar suerte.

Como sea, la escuela y sus aulas es para muchos un paso obligado por costumbre; no hay mucha claridad y supervisión si los estudiantes aprenden o no. Al intervenir con algunas preguntas de Letras o Sociales o al plantear algún problema sencillo de aritmética básica, uno se da cuenta de que existe un rezago increíble. Inclusive la socialización es bastante limitada; en los recreos –que son incontrolables–, niñas por un lado y varones por otro, y resulta curioso que hay más varones que niñas. ¿Por qué? –le pregunté a la maestra. Y me contestó: ya a partir de los 13 o 14 años se acompañan, a los 15 ya están embarazadas o criando. Se repite la historia, se replica ese perverso ciclo.

En esta escuela con costo se cubren menos de 100 días de clases, según se pudo explorar; entre las épocas de cosechas, las enfermedades, las lluvias y la maestra que falta considerablemente, los estudiantes pierden muchas clases y, encima, entre los recreos y el tiempo que se divide en cuatro grados, la cosa es complicada.

Así las cosas por el mundo de la educación rural latinoamericana, una fotografía difícil de digerir y reformar.

Aquí ni siquiera llega información de las tales reformas.
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