La efectividad de la educación depende en gran medida del maestro

Editorial LPG.

Mañana es Día del Maestro, y la fecha revive, año tras año, el imperativo de reconocer lo que la educación es en esencia: el contacto directo entre el educador y el educando. Para que se dé un verdadero proceso educativo, hay que llevarlo a la dimensión personal, pues al final de cuentas ninguna formación puede merecer el nombre de tal si no da en ella esa corriente de comunicación viva e inspiradora entre maestro y alumno. Eso lo dice la experiencia acumulada en todas partes a lo largo del tiempo, pero hay que recordarlo cuantas veces sea oportuno, ya que ha habido una tendencia creciente a desactivar los motores humanos de la educación, como si ésta fuera una simple función mecánica de transmisión de conocimientos objetivos.

A pesar de las múltiples lecciones que nos ha ido dejando la realidad, en forma con frecuencia despiadada, los salvadoreños aún no nos percatamos suficientemente de que la tarea educativa está en el centro mismo del destino nacional. Casi todas las fallas y carencias que nos aquejan provienen de no haber hecho a tiempo el trabajo educador que nos hubiera ido llevando, de manera consistente y progresiva, hacia los niveles de estabilidad y de productividad que tantas ventajas acarrean en estos tiempos de competitividad globalizada.

Para que el maestro pueda desarrollar su misión en forma plena es indispensable que confluyan dos factores decisivos: la formación docente y el estímulo desde el sistema. En ambos aspectos nuestro país está en condiciones deficitarias. La formación docente prácticamente dejó de ser preocupación estatal desde hace muchos años, cuando se abolió el esquema de Escuelas Normales, que había venido formando maestros y maestras por larguísimo tiempo en forma muy eficiente. Fueron los problemas de tensión entre el magisterio y el Gobierno, que hicieron crisis en los años sesenta del pasado siglo, los que produjeron ese efecto devastador.

En cuanto a los estímulos que el sistema les ofrece a los maestros para que puedan no sólo sentirse realizados sino animados a perfeccionar su propio desempeño, lo cierto es que no existen como tales, ni siquiera en forma rudimentaria. Ha pasado ya mucho tiempo sin que el sistema reconozca que el rol del maestro es fundamental no sólo para elevar los niveles científicos y académicos en el ambiente, sino para potenciar, por esa vía, el desarrollo del país y, en consecuencia, su estabilidad y su autoestima. Y, en ese sentido, lo que se requiere es que el sistema educativo se modernice a plenitud, y en todas sus expresiones y responsabilidades.

La tarea no puede ser vista con la marginalidad que comúnmente se le adjudica: este es un típico reto de nación, al que hay que dedicarle análisis, ponerle voluntad y aplicarle recursos. Basta con ver la suerte tan envidiable que corren las sociedades en las que la apuesta educativa ha sido de primer orden para no tener dudas razonables al respecto. Hemos perdido décadas en la indiferencia colectiva y en el despiste institucional, y los resultados están a la vista. Hoy, cuando más competitividad necesitamos, ya no hay ninguna excusa válida que mantener en condición casi letárgica nuestro sufrido sistema educativo.

En este Día del Maestro, a más de enviarles un entrañable saludo a los maestros y maestras de todo El Salvador, queremos reiterar nuestra convicción de que la educación es a la vez la llave del presente y la clave del futuro. Habría que tomar conciencia generalizada de ello cuanto antes.

acontecer educativo garcía flamenco

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