Verdadero maestro es el maestro del carácter: En memoria de don Rubén (y 2)

Dr. David Escobar Galindo – Exalumno Graciísta.

Continúo reproduciendo aquí el texto del Panegírico en honor del Profesor Rubén H. Dimas, leído la noche del 19 de junio de 1987, en el Teatro Presidente: “La niñez es fugaz. La adolescencia/ es más fugaz aún, aunque uno siente/ que el tiempo, entonces, lento se aquerencia// y que será tan largo y transparente/ como es en esa edad. ¡Dulce inocencia/ que luego el mismo tiempo nos desmiente!// Pero yo hablo de entonces… De esos años…/ De esa casa con luz… De esos maestros/ que nunca fueron ríspidos ni huraños,// que nunca fueron tristes ni siniestros…/ ¡Maestros que en sus nítidos escaños/ sieguen siendo hasta hoy nuestros maestros!// Era un bullir de anhelos el colegio…/ Así nació, en tres mentes elegidas…/ ¡Nació pobre, veraz, sin privilegio,// con sólo una misión: el forjar vidas/ que aspirando a alcanzar el puesto egregio/ dieran en ese empeño sus medidas.// Fue don Chico Morán, el vitalista./ Fue don Salvador Cañas, el bohemio./ Fue don Rubén, el práctico idealista.// ¡Y trabajaron duro, con apremio, /con inquietud de apóstoles de otrora!/ Sin pretender jamás honra ni premio,// sólo tal vez la dicha inspiradora/ de repartir verdades cada día,/ de predicar el bien hora tras hora”.

El Colegio García Flamenco nació por iniciativa de maestros muy jóvenes, que no se contentaban con emprender el simple desempeño de su función magisterial, sino que aspiraban a darle a la sociedad salvadoreña un aporte permanente y de significaciones trascendentales. Así nació el Colegio “García Flamenco”, llamado así en homenaje al maestro insigne y sacrificado, que era figura inspiradora para los tres fundadores del Colegio. Corría 1924, y, sin que nadie pudiera saberlo en aquel momento, el país estaba entrando en las vísperas de una nueva época especialmente difícil y traumática, que tendría como punto de arranque los trágicos acontecimientos del año 32. Desde la fundación del García Flamenco han transcurrido ya 90 años, en los que la nación salvadoreña ha transitado por distintas zonas turbulentas, que incluyeron una guerra interna, producto de la acumulación histórica irresponsable y traumática.

La formación educativa requiere una atmósfera propicia, que estimule el conocimiento y también la convivencia respetuosa y abierta. Eso es lo que se ha vivido siempre en el García Flamenco. Lo describo así en el Panegírico citado: “En esas aulas, la sabiduría/ tuvo siempre un calor de fuego humano:/ ¡Calor de humanidad, que se sentía!// Porque los tres maestros, tan amigos,/ eran complementaria compañía:// de su labor de entonces son testigos/ no sólo los discípulos vivientes,/ sino el país total, beneficiario/ de tantos hombres dignos y conscientes// que del humilde caserón salieron,/ a ofrecerle al país su oficio vario:/ la luz que en esas aulas recibieron…// Por eso digo que la casa aquella/ –y así será la de hoy, con joven savia–/ era casa con luz que deja huella…”

El recuerdo personal interfiere a cada instante. Un personaje muy querido se une al ejercicio memorioso, don Saúl Flores, maestro de maestros. Lo digo así en el Panegírico: “Paseando por ahí su amplia figura/ don Saúl aparece, con aquella/ su gracia de señor de la cultura.// El tiempo no parece no parece hacerle mella…/ Dicen que ya murió. Yo no lo creo./ Lo miro ahí, sonriente, y me aconseja:// “No rimes los gerundios… El recreo/ sirve para correr; no estudies tanto…/ En esta estrofa Bécquer se refleja…”// Es también el Maestro… ¡Sin quebranto/ llega a la ancianidad, y la supera!/ “Cumpliré los cien años, no lo dudes… // ¡Soy un devoto de la primavera!/ Y aunque Rubén me gane en las virtudes,/ yo enciendo cada día alguna hoguera!…”

En 1987, el país estaba inmerso en una guerra fratricida de larga duración. El tema no podía ser evadido en ninguna referencia a la realidad del momento. El Panegírico lo enfoca así: “Niños…, jóvenes…, hoy, cuando un sangriento/ desatino a la Patria rasga y ciega,/ preciso es a la Patria dar aliento,// ¿y qué mejor aliento que el que emana/ de un corazón que a la verdad se entrega/ y de una mente que en servir se afana?// Tenéis aquí el ejemplo. Sin amaños,/ y sin genuflexiones ni prebendas,/ ya toca don Rubén sus noventa años,// después de haber rendido sus ofrendas/ sólo en el ara del trabajo puro./ Y ese largo vivir sin componendas// es un ejemplo vivo hacia el futuro,/ que él siempre mira atento, siempre alerta:/ siempre asomado a su ventana abierta// desde la que se ve el jardín florido/ y también la ciudad, que erguida llora,/ y también su colegio, tan querido…// ¡De repente ha sonado la campana!/ ¡Todos al aula, amigos!… Es la hora/ de aprender que lo Emérito se gana…”

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