Verdadero maestro es el maestro del carácter: en memoria de don Rubén (1)

Por. Dr. David Escobar Galindo – Exalumno Garciísta.

Galindo

Cuando la vida va pasando, cada quien tiene la oportunidad de hacer balances sucesivos sobre lo que vivió en las distintas etapas de la existencia. Los que éramos niños allá en la década de 50 del pasado siglo, que para muchos hoy pertenece a la prehistoria, podemos hacer un ejercicio no sólo de los cambios naturales producto de la evolución personal y colectiva, sino también del ritmo histórico que acompaña dichos cambios. La velocidad del tiempo ha venido acelerándose progresivamente. Hoy, dicha velocidad es alucinante. Y adaptarse a ello requiere comprensión de la realidad y ánimo dispuesto para moverse dentro de ella. Basta poner atención en los dinamismos tecnológicos para constatar que lo que antaño duraba años hoy apenas dura semanas o días. Vivimos en el mundo de la caducidad galopante, y, por ende, de la innovación febril.

Pero lo que se grabó a tiempo en la mente y en el alma del individuo permanece ahí, intacto como un sello intocable. Eso es lo que hace, justamente, la educación que cumple con su tarea definidora y el maestro que hace su labor con inspiración de orfebre. En mi caso personal, nunca dejaré de agradecerle a la vida el haberme concedido el privilegio temprano de estar en la órbita de maestros ejemplares, que no sólo son inolvidables sino insustituibles. Entre ellos, en estos días próximos al 22 de junio, Día del Maestro, la imagen, el ejemplo y la palabra de don Rubén H. Dimas vuelven a hacérseme presentes en la remembranza entrañable.

Todo lo que aprendí intelectualmente en aquellos 8 años que estudié en el Colegio “García Flamenco”, ubicado entonces en la casona de la 8ª. Calle Poniente, una cuadra y media hacia el poniente del Cine Apolo, que era el más distinguido de la época, una cuadra hacia el oriente de El Diario de Hoy y frente a la Escuela Vocacional República de Francia; todo lo que aprendí intelectualmente, digo, está guardado en distintas gavetas de la memoria, algunas más accesibles y otras más reservadas; pero lo que asimilé como educación conductual sigue vivo y a flor de experiencia. Ese es el testimonio de la auténtica formación.

Nuestro proceso educativo general padece desde hace mucho distintas formas de retroceso, que inciden lacerantemente en las formas de vida de la población en su conjunto. Al respecto, se me vienen a la memoria unas palabras atribuidas al máximo representante de la cultura salvadoreña, don Francisco Gavidia. Dicen que una vez alguien le dijo al maestro que íbamos para atrás, y él respondió que si fuéramos para atrás ya hubiéramos llegado a los Próceres; que en verdad íbamos para abajo. Quizás -no se pueda decir tanto como eso, pero en realidad nos aqueja una manía distorsionadora que va debilitando y quebrantando las diversas estructuras del ser nacional.

La educación, en todos los órdenes, requiere maestros que asuman su misión con la integridad y la intensidad que se requieren para actuar en positivo sobre el intelecto y el corazón de los educandos. En verdad, los tiempos traen renovaciones de fondo en la función educativa, como es por ejemplo la necesidad creciente de que los educandos dejen de ser receptores pasivos y se vuelvan gestores activos de su propia formación integral; y eso vuele aún más decisiva la iluminación con que el maestro asuma su rol. Aquellos maestros tenían al máximo tal iluminación, y por eso fueron precursores del porvenir.

Rememorar la personalidad y la obra un personaje tan significativo como don Rubén no es simplemente abrir el álbum de los buenos recuerdos. Es muchísimo más que eso: es hacer retoñar una vez más las enseñanzas plantadas a diario en los arriates de la conciencia. Lo oigo ahora mismo, con la entonación y el gesto de siempre: “Estudien, jóvenes, y prepárense para la vida, que el que a los veinte no quiere, a los treinta no tiene, a los cuarenta no puede y a los cincuenta ni quiere ni tiene ni puede”. Lineamientos profundos para el diario vivir, en función del perfeccionamiento continuo. Y así constantemente, a fin de que quedaran grabados para siempre. Se me olvidaron los logaritmos y las fórmulas algebraicas, pero nunca se me olvidó ni se me olvidará aquella voz de consejero motivador.

En la noche del viernes 19 de junio de 1987, y en el Teatro Presidente de San Salvador, el Colegio “García Flamenco” proclamó a don Rubén H. Dimas Director Emérito. En ese acto, que tuvo la solemnidad de los afectos enlazados, me tocó el honor de hacer el Panegírico del maestro inolvidable. Me nació de inmediato decirlo en verso, como es mi expresión natural. Lo reproduzco aquí, para que reviva de entre mis papeles:

“Yo recuerdo aquel año y aquel día./ Año cincuenta y tres. Veinte de enero./ Un cielo azul arriba florecía.// Y para mí aquel día fue el primero/ de una larga y espléndida estadía/ en esa casa de seguro alero. (CONTINUARÁ)

Acontecer Educativo Niños

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